RENOVACIÓN CARISMÁTICA CATÓLICA EN CATALUÑA

 

 

 

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LA ESPADA DEL ESPÍRITU

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PREDICACION DE ADVIENTO.

P. Rainiero Cantalamesa/ Catedral de San Pedro, Vaticano, 2010

No al cientificismo ateo, sí a la ciencia

 

Publicamos la primera predicación de Adviento a la Curia Romana que, en presencia de Benedicto XVI, ha pronunciado el padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia.

En el corazón del Año Paulino, el padre Cantalamessa ha propuesto una reflexión sobre el papel que ocupa Cristo en el pensamiento y en la vida del apóstol de las gentes, para renovar el esfuerzo por poner a Cristo en el centro de la teología de la Iglesia y de la vida espiritual de los creyentes.

“Lo que podría ser una ganancia, lo he considerado una perdida con motivo de Cristo”.

La conversión de san Pablo, modelo de verdadera conversión evangélica.

El Año Paulino es una gracia grande para la Iglesia, pero representa también un peligro: el de quedarse en Pablo, en su personalidad, su doctrina, sin dar el paso sucesivo de él a Cristo. El Santo Padre ha puesto en guardia contra este riesgo en la misma homilía con la que ha abierto el año Paulino, y lo reafirmaba en la audiencia general del 2 de julio: “Y éste es el fin del año Paulino: aprender de san Pablo, aprender la fe, aprender a Cristo”.

Ha sucedido muchas veces en el pasado, hasta dar lugar a la tesis absurda según la cual Pablo, no Cristo, sería el verdadero fundador del cristianismo. Jesucristo habría sido para Pablo lo que Sócrates para Platón: un pretexto, un nombre, bajo el cual poner el propio pensamiento.

El apóstol, como antes de él Juan el Bautista, señala hacia uno “más grande que él”, del que no se considera digno siquiera de ser apóstol. Esa tesis es la tergiversación más completa y la ofensa más grave que se pueda hacer al apóstol Pablo. Si volviera a la vida, reaccionaría contra esta tesis con la misma vehemencia con la que reaccionó frente a un malentendido análogo de los corintios: “¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?” (1 Cor 1,13).

Otro obstáculo que debemos superar nosotros los creyentes, es el de quedarnos en la doctrina de Pablo sobre Cristo, sin dejarnos contagiar de su amor y de su fuego por él. Pablo no quiere ser para nosotros sólo un sol de invierno que ilumina pero no calienta. El propósito en cambio de sus cartas es el de llevar a los lectores no sólo al conocimiento, sino también al amor y a la pasión por Cristo.

A este segundo objetivo quisieran contribuir las tres meditaciones del Adviento de este año, a partir de ésta de hoy en la que reflexionaremos sobre la conversión de san Pablo, el acontecimiento que, tras la muerte y resurrección de Cristo, mayormente ha influido en el futuro del cristianismo.

1. La conversión de Pablo vista por dentro

La mejor explicación de la conversión de san Pablo es la que da él mismo cuando habla del bautismo cristiano como ser “bautizados en la muerte de Cristo”, “sepultados junto con él” para resucitar con él y “caminar en una vida nueva” (cf. Romanos 6, 3-4). Él ha vivido en sí mismo el misterio pascual de Cristo, en torno al cual gravitará a continuación todo su pensamiento. Hay también analogías externas impresionantes. Jesús permaneció tres días en el sepulcro; durante tres días, Saulo vivió como un muerto: no podía ver, estar de pie, comer, después en el momento del bautismo sus ojos volvieron a abrirse, pudo comer y retomó las fuerzas, volvió a la vida (cf. Hechos 9,18).

Inmediatamente después de su bautismo, Jesús se retiró al desierto y también Pablo, después de ser bautizado por Ananías, se retiró al desierto de Arabia, es decir, al desierto alrededor de Damasco. Los exegetas calculan que entre el acontecimiento en el camino de Damasco y el inicio de su actividad pública en la Iglesia hay una decena de años de silencio en la vida de Pablo. Los judíos lo buscaban para matarlo, los cristianos no se fiaban aún y le tenían miedo. Su conversión recuerda a la del cardenal Newman, a quien sus antiguos hermanos en la fe anglicanos consideraban un tránsfuga, y a quien los católicos miraban con sospecha por sus ideas nuevas y audaces.

El apóstol hizo un noviciado largo; su conversión no duró unos pocos minutos. Y en su kenosis, en este tiempo de vaciamiento y de silencio, es donde acumuló esa energía rompedora y esa luz que un día derramará sobre el mundo.

De la conversión de Pablo tenemos dos descripciones distintas: una que describe el acontecimiento, por así decirlo, desde fuera, en clave histórica, y otra que describe el acontecimiento desde dentro, en clave psicológica o autobiográfica. El primer tipo es el que encontramos en las diversas narraciones que se leen en los Hechos de los Apóstoles. A él pertenecen también algunos esbozos que el propio Pablo hace del acontecimiento, explicando cómo de perseguidor se transformó en apóstol de Cristo (cf. Gal 1, 13-24).

Al segundo tipo pertenece el capítulo 3 de la Carta a los Filipenses, donde el Apóstol describe lo que ha significado para él, subjetivamente, el encuentro con Cristo, lo que era antes y lo que ha llegado a ser a continuación; en otras palabras, en qué ha consistido, esencial y religiosamente, el cambio realizado en su vida. Nosotros nos concentramos en este texto que, por analogía con la obra de san Agustín, podríamos definir “las confesiones de san Pablo”.

En todo cambio hay un terminus a quo y un terminus ad quem, un punto de partida y un punto de llegada. El apóstol describe ante todo el punto de partida, lo que era antes:

“Si algún otro cree poder confiar en la carne, más yo. Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia del la Ley, intachable” (Filipenses 3, 4-6).

?Uno puede equivocarse fácilmente al leer esta descripción: éstos no eran títulos negativos, sino los máximos títulos de santidad de aquel tiempo. Con ellos se habría podido abrir en seguida el proceso de canonización de Pablo, su hubiera existido en aquella época. Es como decir hoy de uno: bautizado el octavo día, perteneciente a la estructura por excelencia de la salvación, la Iglesia católica, miembro de la orden religiosa más austera de la Iglesia (¡esto eran los fariseos!), observantísimo de la Regla….

En cambio, en el texto hay un punto y aparte que divide en dos la página y la vida de Pablo. Comienza con un “pero” adversativo que crea un contraste total:

“Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún, juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo” (Filipenses 3, 7-8).

Tres veces repite el nombre de Cristo en este breve texto. El encuentro con él ha dividido su vida en dos, ha creado un antes y un después. Un encuentro personalísimo (es el único texto donde el apóstol usa el singular “mio”, no “nuestro” Señor) y un encuentro existencial más que mental. Nadie podrá nunca conocer a fondo qué sucedió en aquel breve diálogo: “¡Saulo, Saulo!” “¿Quién eres, Señor?” “Yo soy Jesús”. Una “revelación”, la define él (Gálatas 1, 15-16). Fue una especie de fusión a fuego, un relámpago de luz que aún hoy, habiendo pasado dos mil años, ilumina al mundo.

Un cambio de mente

Intentemos analizar el contenido del acontecimiento. Fue sobre todo un cambio de mente, de pensamiento, literalmente una metanoia. Pablo había creído hasta entonces poderse salvar y ser justo ante Dios mediante la observancia escrupulosa de la ley y de las tradiciones de sus padres. Ahora entiende que la salvación se obtiene de otro modo. Quiero ser hallado, dice, “no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe” (Fl 3, 8-9). Jesús le hizo experimentar en sí mismo lo que un día proclamaría a toda la Iglesia: la justificación por gracia mediante la fe (cf. Gal 2,15-16; Rom 3, 21 ss.).

Leyendo el capítulo tercero de la Carta a los Filipenses, me viene a la mente una imagen: un hombre camina de noche en un bosque cerrado a la pequeña luz de una vela, poniendo atención a que no se apague; caminando, llega el alba, surge el sol, la pequeña luz de la vela palidece, hasta que no le sirve más y la tira. La lucecita vacilante era su propia justicia. Un día, en la vida de Pablo, salió el sol de la justicia, Cristo el Señor, y desde aquel momento no ha querido otra luz que la suya.

No se trata de un punto más, sino del corazón del mensaje cristiano; él lo definirá como “su evangelio”, hasta el punto de declarar anatema a quien se atreviera a predicar un evangelio distinto, aunque fuese un ángel o él mismo (cf. Gal 1, 8-9). ¿Por qué tanta insistencia? Porque en ello consiste la novedad cristiana, lo que la distingue te cualquier otra religión o filosofía religiosa. Toda propuesta religiosa comienza diciendo a los hombres lo que tienen que hacer para salvarse o para obtener la “Iluminación”. El cristianismo no empieza diciendo a los hombres lo que tienen que hacer, sino lo que Dios ha hecho por ellos en Cristo Jesús. El cristianismo es la religión de la la gracia.

Hay lugar -y cuánto- para los deberes y para la observancia de los mandamientos, pero después, como respuesta a la gracia, no como su causa o u precio. Uno no se salva por sus buenas obras, aunque no se salvará sin sus buenas obras. Es una revolución de la cual, a distancia de dos mil años, aún nos cuesta tomar conciencia. Las polémicas teológicas sobre la justificación mediante la fe de la Reforma en adelante lo han obstaculizado a menudo más que favorecido, al mantener el problema a nivel teórico, de tesis de escuelas contrapuestas, en lugar de ayudar a los creyentes a hacer experiencia de ello en sus vidas.

“Convertíos y creed en el evangelio”

Pero debemos plantearnos una pregunta crucial: ¿quién es el inventor de este mensaje? Si hubiera sido el apóstol Pablo, entonces tendrían razón quienes decían que él, y no Jesús, es el fundador del cristianismo. Pero el inventor no es él; él no hace otra cosa que expresar en términos elaborados y universales un mensaje que Jesús expresaba con su típico lenguaje, hecho de imágenes y de parábolas.

Jesús comenzó su predicación diciendo: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15). Con estas palabras enseñaba ya la justificación por la fe. Antes de él, convertirse significaba siempre “volver atrás” (como indica el mismo término hebreo shub); significaba volver a la alianza violada, mediante una observancia renovada de la ley. “Convertíos a mí [...], volved de vuestro camino perverso”, decía Dios en los profetas (Zc 1, 3-4; Jr 8, 4-5).

Convertirse, por tanto, tiene un significado principalmente ascético, moral y penitencial, y se realiza cambiando de conducta de vida. La conversión se ve como condición para la salvación; el sentido es: convertíos y seréis salvados; convertíos y la salvación vendrá a vosotros. Este es el significado predominante que la palabra conversión tiene en los mismos labios de Juan el Bautista (cf. Lc 3, 4-6). Pero en la boca de Jesús, este significado moral pasa a segundo plano (al menos al principio de su predicación), respecto a un significado nuevo, hasta entonces desconocido. También en ello se manifiesta el salto de época que se verifica entre la predicación de Juan el Bautista y al de Jesús

Convertirse ya no significa volver atrás, a la antigua alianza y a la observancia de la ley, sino dar un salto adelante, entrar en la nueva alianza, aferrar este Reino que ha aparecido, entrar en él a través de la fe. “Convertíos y creed” no significa dos cosas distintas y sucesivas, sino la misma acción: convertíos, es decir, creed; ¡convertíos creyendo! “Prima conversio fit per fidem”, dirá santo Tomás de Aquino, la primera conversión consiste en creer.

Dios ha tomado en él la iniciativa de la salvación: ha hecho venir su Reino; el hombre debe sólo acoger, en la fe, la oferta de Dios y vivir, a continuación, sus exigencias. Es como un rey que abre la puerta de su palacio, donde hay preparado un gran banquete y, estando en el umb ral, uinvita a todos a entrar diciendo: “¡Venid, todo está preparado!”. Es el aspecto que resuena en todas las llamadas parábolas del Reino: la hora tan esperada ha llegado, tomad la decisión que salva, ¡no dejéis escapar la ocasión!

El Apóstol dice lo mismo con la doctrina de la justificación por la fe. La única diferencia se debe a lo que ha sucedido, en ese tiempo, entre la predicación de Jesús y la de Pablo: Cristo fue rechazado y muerto por los pecados de los hombres. La fe “en el Evangelio” (”creed en el Evangelio”), ahora se configura como fe “en Jesucristo”, “en su sangre” (Rm 3, 25).

Lo que el Apóstol expresa mediante el adverbio “gratuitamente”(dorean) o “por gracia”, Jesús lo decía con imágenes del recibir el reino como un niño, es decir como un don, sin hacer méritos, apoyándose solo en el amor de Dios, como los niños se apoyan en el amor de sus padres.

Se discute desde hace tiempo entre los exegetas si se debe seguir hablando de la conversión de san Pablo; algunos prefieren hablar de “llamada” más que de conversión. Hay quien quisiera que se aboliera incluso la fiesta de la conversión de san Pablo, desde el momento en que conversión indica un alejamiento y un renegar de algo, mientras que un hebreo que se convierte, a diferencia del pagano, no debe renegar de nada, no debe de pasar de los ídolos al culto del Dios verdadero.

A mí me parece que estamos ante un falso problema. En primer lugar no hay oposición entre conversión y llamada: la llamada supone la conversión, no la sustituye, como la gracia no sustituye a la libertad. Pero sobre todo hemos visto que la conversión evangélica o significa renegar de algo, un volver atrás, sino un acoger algo nuevo, dar un salto adelante. ¿A quién hablaba Jesús cuando decía “Convertíos y creed en el Evangelio?” ¿Acaso no hablaba a los hebreos? A esta misma conversión se refiere el Apóstol con las palabras: “Cuando se dé la conversión al Señor, ese velo será quitado” (2Cor 3,16).

La conversión de Pablo se nos presenta, en esta luz, como el modelo mismo de la verdadera conversión cristiana, que consiste ante todo en aceptar a Cristo, en “volverse” a él mediante la fe. Ésta supone un encontrar antes que un dejar. Jesús no dice: un hombre vendió todo lo que tenía y se puso a buscar un tesoro escondido; dice: un hombre encontró un tesoro y por eso lo vendió todo.

Una experiencia vivida

En el documento de acuerdo entre la Iglesia católica y la Federación mundial de las Iglesias luteranas, presentado solemnemente en la Basílica de san Pedro por Juan Pablo II y el arzobispo de Uppsala en 1999, hay una recomendación final que me parece de una importancia vital. Dice sustancialmente esto: ha llegado el momento de hacer de esta gran verdad una experiencia vivida por los creyentes, y no más un objeto de disputas teológicas entre sabios, como ha sucedido en el pasado.

La celebración del año paulino nos ofrece una ocasión propicia para hacer esta experiencia. Ella puede dar un espaldarazo a nuestra vida espiritual, un descanso y una libertad nuevas. Charles Péguy contaba, en tercera persona, la historia del mayor acto de fe de su vida. Un hombre, dice (y se sabe que este hombre era él mismo) tenía tres hijos y un mal día cayeron enfermos, los tres juntos. Entonces había hecho un acto de audacia. Al pensar en ello se admiraba también un poco y hay que decir que había sido verdaderamente un acto arriesgado. Como se cogen tres niños del suelo y se ponen juntos, casi jugando, en los brazos de su madre o de su niñera que se ríe y grita, diciendo que son demasiados y no tendrá fuerzas para llevarlos, así él, audaz como un hombre, había cogido -se entiende, con la oración- a sus tres niños enfermos y tranquilamente los había puesto en los brazos de Aquella que lleva todos los dolores del mundo: “Mira -decía- te los doy, me giro y me voy para que no me los devuelvas. Ya no los quiero, fíjate bien. Debes encargarte tú de ellos”. (Sin metáforas, había ido de peregrinación a pie desde París a Chartres para confiar a la Virgen a sus tres niños enfermos). Desde aquel día todo fue bien, porque era la Santa Virgen la que se ocupaba de ellos. Es curioso que no todos los cristianos hagan esto. Es muy simple, pero nunca se piensa en lo simple.

La historia nos sirve en este momento para ilustrar la idea de un acto de audacia, porque se trata de algo parecido. La clave de todo, se decía, es la fe. Pero hay diversos tipos de fe: está la fe-asentimiento del intelecto, la fe-confianza, la fe-estabilidad, como la llama Isaías (7, 9): ¿de qué fe se trata, cuando se habla de la justificación “mediante la fe”? Se trata de una fe totalmente esecial: la fe-apropiación.

Escuchemos, sobre este punto, a san Bernardo: “Yo -dice. Lo que no puedo obtener por mí mismo, me lo apropio (¡usurpo!) con confianza del costado atravesado del Señor, porque está lleno de misericordia. Mi mérito, por eso, es la misericordia de Dios. No me faltan méritos, mientras él sea rico en misericordia. Que si las misericordias del Señor son muchas (Sal 119, 156), yo también abundaré en méritos. ¿Y que decir de mi justicia? Oh, Señor, recordaré solamente tu justicia. De hecho ella es también mía, porque tú eres para mí justicia de parte de Dios”. Está escrito también que “Cristo Jesús… se ha convertido para nosotros en sabiduría, justicia, santificación y redención (l Cor l, 30). ¡Para nosotros, no para sí mismo!

San Cirilo de Jerusalén expresaba, con otras palabras, la misma idea del acto de audacia de la fe: “¡Oh bondad extraordinaria de Dios hacia los hombres! Los justos del Antiguo Testamento agradaron a Dios en las fatigas de largos años; pero lo que ellos llegaron a obtener, tras un largo y heroico servicio agradable a Dios, Jesús te lo da en el breve espacio de una hora. De hecho, su tu crees que Jesucristo es el Señor y que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás y serás introducido en el paraíso por el mismo que introdujo al buen ladrón”.

Imagina, escribe el Cabasilas desarrollando una imagen de san Juan Crisóstomo, que haya tenido lugar en el estadio una lucha épica. Un valiente ha afrontado a un cruel tirano y, con gran fatiga y sufrimiento, lo ha vencido. Tu no has combatido, no te has agotado ni sufrido heridas. Pero si admiras al valiente, si te alegras con él en su victoria, si le tejes coronas, provocas y agitas por él a la asamblea, si te inclinas con alegría ante el triunfador, le besas la cabeza y le das la mano, en resumen, si tanto lo aclamas que consideras tuya su victoria, yo te digo que tendrás ciertamente parte en el premio del vencedor.

Pero hay más: supón que el vencedor no tenga necesidad alguna para sí mismo de premio que ha conquistado, sino que desea, más que ninguna cosa, ver honrado a su autor, y considera como premio de su combate la coronación del amigo, en tal caso, ¿ese hombre no obtendrá la corona, aunque no se haya agotado ni haya sido herido? ¡Ciertamente la obtendrá! Y bien, así sucede entre Cristo y nosotros. Aún no habiendo trabajado y luchado -aun no teniendo mérito alguno-, con todo, por medio de la fe nosotros aclamamos a la lucha de Cristo, admiramos su victoria, honramos su trofeo que es la cruz, y mostramos por el valiente un amor vehemente e inefable; hacemos nuestras sus heridas y su muerte. Y así se obtiene la salvación.

La liturgia de Navidad nos hablará del “santo intercambio”, del sacrum commercium entre nosotros y Dios realizado en Cristo. La ley de todo intercambio se expresa en la fórmula: lo que es mío es tuyo y lo que es tuyo es mío. De ahí deriva que lo que es mío, es decir el pecado, la debilidad, pasa a ser de Cristo; y lo que es de Cristo, es decir la santidad, pasa a ser mío. Ya que nosotros pertenecemos a Cristo más que a nosotros mismos (cf.1 Cor 6, 19-20), se sigue, escribe el Cabasilas, que a la inversa, la santidad de Cristo nos pertenece más que nuestra propia santidad. Y esto es remontar en la vida espiritual. Su descubrimiento no se hace, habitualmente, al principio, sino al final del propio itinerario espiritual, cuando se han experimentado los demás caminos y se ha visto que no llevan muy lejos.

En la Iglesia católica tenemos un medio privilegiado para tener experiencia concreta y cotidiana de este sagrado intercambio y de la justificación por la gracia, mediante la fe;: los sacramentos. Cada vez que yo me acerco al sacramento de la reconciliación tengo experiencia de ser justificado por gracia, ex opere operato, como decimos en teología. Subo al templo, digo a Dios: “Oh Dios, ten piedad de mí que soy un pecador” y, como el publicano, vuelvo a casa “justificado” (Lc 18,14), perdonado, con el alma resplandeciente, como en el momento en que salí de la fuente bautismal.

Que san Pablo, en este año dedicado a él, nos obtenga la gracia de hacer como es este acto de audacia de la fe.

 

 

 ♦

 

 

 

 

EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU.

 

"ESE ES EL QUE BAUTIZA CON ESPÍRITU SANTO" (Jn 1, 33)

 

 

 

 

P. RANIERO Cantalamesa

A través de los evangelios sinópticos y en particular del evangelio de Lucas,

vemos como a partir del bautismo de Jesús, inmediatamente después, Jesús

desarrolla todo su ministerio público "en el Espíritu Santo". Pero también el

cuarto evangelio habla de este tema. Juan describe indirectamente el bautismo

del

mun

pecado, agrega inmediatamente el aspdo

de Cristo, a través del testimonio que da Juan el Bautista. "Y Juan dio

testimonio diciendo: He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del

cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a

bautizar con agua, me dijo: Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se

queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo" (Jn 1,32-33).

Apenas unos versículos antes Juan el Bautista presenta a Jesús ante el

diciendo: "He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,

29). Nosotros muy a menudo nos detenemos únicamente en este aspecto de la

obra de Cristo. Dos veces resuena esta frase del Bautista en la misa: en la

aclamación "Cordero de Dios..." y antes de la comunión. Pero el Precursor no

se detiene allí. Junto a este aspecto, por así decirlo, negativo, de liberación ecto positivo de su obra, que es dar el

Espíritu, la vida nueva. Casi siempre, cuando se describe la salvación

escatológica, vienen resaltados estos dos elementos: la liberación del pecado y

el don de la vida nueva. Así, por ejemplo, en Ezequiel 36, 25-27, en Hechos 2,

38 "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de

Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el Espíritu Santo".

El Evangelio de Cristo es principalmente el anuncio positivo de una nueva

relación con Dios. Jesús no ha venido a "quitar" algo, sino a "dar": a dar la

vida en abundancia. La primera cosa es solamente una condición para la

segunda, porque, como decía el mismo Jesús, no se puede meter vino nuevo

en odres viejos, es decir el Espíritu Santo en un corazón que aún está lleno de

pecados.

El mundo tiene necesidad y sed de este anuncio en positivo que habla de vida,

de plenitud, de alegría. La Iglesia católica es la mejor preparada para llevar tal

anuncio al mundo, gracias a la concepción más positiva que tiene de la

redención y de la gracia. La gracia no es, en la visión católica, sólo una

"imputación externa de la justicia" que deja al hombre, en su interior, como

antes, es decir pecador, sino que es el don de una vida nueva, la presencia

misma de Dios en nosotros mediante su Espíritu.

"Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que

bautiza con Espíritu Santo". Jesús en el Jordán, recibe el Espíritu para luego

darlo; es bautizado en el Espíritu Santo, para bautizar en el Espíritu Santo. El

Espíritu que nos confiere a nosotros es el mismo que el Padre le ha conferido

a Él. Un mismo Espíritu por lo tanto es el que habita en nosotros y en él, en la

cabeza y en los miembros, como una misma es la sangre que tienen los hijos

de un mismo padre.

¿Pero qué significa que Jesús es aquel que "bautiza en Espíritu Santo"? Sirve

para distinguir el bautismo de Cristo respecto al de Juan, que bautiza

solamente "con agua". Pero no todo se agota ahí. La expresión sirve para

distinguir también la entera persona y la obra de Cristo de la del Precursor. En

otras palabras: en toda su obra Jesús es "aquel que bautiza en Espíritu santo".

Bautizar tiene aquí un significado metafórico que quiere decir inundar,

recubrir, como hace el agua con los cuerpos. Jesús "bautiza" en Espíritu Santo

en el sentido que "da el Espíritu sin medida" e "infunde" su Espíritu (Hch 2,

33) sobre toda la humanidad redimida. La expresión se refiere más al

acontecimiento de Pentecostés que al sacramento del bautismo, como se

deduce del texto de los Hechos: "Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis

santificados en el Espíritu Santo dentro de pocos días" (Hch 1,5).

La expresión "bautizar en el Espíritu Santo" define por lo tanto la obra

esencial del Mesías que ya en el Antiguo Testamento aparece dirigida a

regenerar la humanidad en el Espíritu Santo. Aplicando todo esto a la vida de

la Iglesia, debemos decir que Jesús resucitado no bautiza en Espíritu Santo

únicamente en el sacramento del bautismo, sino que también en la Eucaristía,

también cuando escuchamos su palabra, siempre.

 

 

 

1. EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU

 

 

 

 

 

 

 

Hoy él lo está llevando a cabo con el modo nuevo y especial llamado "el

bautismo en el Espíritu", o "la efusión del Espíritu", que ha hecho su aparición

entre los cristianos a principios de nuestro siglo, entre las iglesias protestantes,

y que luego, con la llamada Renovación carismática, se ha difundido en casi

todas las iglesias cristianas, comprendida la Iglesia católica.

El bautismo en el Espíritu está ciertamente relacionado con el sacramento del

bautismo, como indica el mismo nombre. Sobre esto se ha insistido mucho y

justamente. En su libro "lniciación cristiana y bautismo en el Espíritu Santo"

y, de una manera más breve, en el opúsculo "Reavivar la llama" (Fanning the

Flame), K. McDonnell y G. Montague se han esforzado por demostrar que el

"bautismo en el Espíritu" es un momento y un aspecto integrante de la

iniciación cristiana y que como tal fue conocido y practicado en la Iglesia

primitiva.

Para entender cómo un sacramento recibido al inicio de la vida, en la infancia,

pueda improvisadamente encenderse de nuevo y volver a irradiar tanta energía

espiritual, nos ayudará el recordar algunos principios de teología sacramental.

La teología tradicional conoce el concepto del sacramento "ligado", o

"impedido". Se dice ligado un sacramento que, aún siendo válido, no puede

producir sus frutos a causa de un impedimento. Un caso extremo de esto es

por ejemplo el sacramento del matrimonio o del orden sagrado recibido en

estado de pecado mortal. Éste no produce ninguna gracia de estado. Pero si,

con la penitencia, se quita el obstáculo, se dice que el sacramento "revive"

(tarde

se difundió la práctica de bautizar a los niñosreviviscit) y confiere su gracia propia, sin necesidad de que sea repetido el

rito sacramental.

Podemos aplicar analógicamente este concepto al bautismo. El bautismo es en

muchos casos un sacramento "ligado", no a causa del pecado, sino a causa de

la falta o de la debilidad de la fe, que constituye un requisito esencial. Fe y

bautismo siempre han sido presentado juntos en el Nuevo Testamento: "Quien

crea y se bautice será salvo". Cuando el bautismo era administrado a los

adultos, después de una conversión y la aceptación explícita de Jesús como

Señor, los dos factores actuaban juntamente, se realizaba una sincronización

que encendía una gran luz en la vida de las personas, como cuando los dos

polos, negativo y positivo, de la corriente eléctrica se ponen juntos. Más . Pero por muchos siglos esto no

implicaba un problema tan grave, porque viviendo en una sociedad y en una

cultura inmersa en la fe cristiana, la Iglesia anticipaba la fe del niño, se hacía

garante, en espera de que él mismo pudiera hacer su formal acto de fe

personal. Familia, escuela, sociedad lo educaban - se entiende más o menos

bien, según los tiempos y los lugares- en la fe. Pero desde hace un tiempo se

sabe que la situación ha cambiado y que son siempre más numerosos los casos

de personas bautizadas que no llegan jamás a completar el propio bautismo

con el necesario acto de fe. El bautismo continúa siendo un sacramento

"ligado". Es una especie de don envuelto en una caja de regalo recibido al

inicio de la vida, en el cual están encerrados los títulos más nobles (hijo de

Dios, hermano de Cristo, miembro del cuerpo místico, templo del Espíritu

Santo...), pero que no ha sido abierto jamás, y por lo tanto permanece en gran

parte inactivado.

El bautismo en el Espíritu es la ocasión en la cual la persona se convierte,

elige libre y personalmente a Cristo como su Señor, confirma su bautismo. Es

como cuando el cable se enchufa en el tomacorriente, se provoca el contacto,

y la luz se enciende.

Por estos motivos es justo, repito, ver el bautismo en el Espíritu en relación

con el bautismo sacramento, como su complemento o renovación. Pero no es

suficiente.

La frase "bautizar con Espíritu Santo" no se refiere únicamente a aquello que

hace Jesús en el sacramento del bautismo, sino que abarca toda su obra y

especialmente Pentecostés. Nosotros no podemos explicar el actual bautismo

en el Espíritu únicamente como un efecto retardado de nuestro bautismo

sacramental. No es sólo nuestro bautismo lo que "revive" con éste, sino la

confirmación, la primera comunión, la ordenación sacerdotal, la ordenación

episcopal, la profesión religiosa, el matrimonio, todo. Es verdaderamente la

gracia de "un nuevo Pentecostés". Una iniciativa nueva, libre y soberana de la

gracia de Dios que se funda, como todo el resto, en el bautismo, pero que no

se acaba allí. No dice referencia sólo a la iniciación, sino también al desarrollo

y a la perfección de la vida cristiana.

Sólo de este modo, se explica la presencia del bautismo en el Espíritu entre los

Pentecostales, para los cuales la iniciación es un concepto extraño y el mismo

sacramento del bautismo no tiene la importancia que tiene para nosotros los

católicos. El bautismo en el Espíritu tiene en su raíz misma una dimensión

ecuménica que es necesario preservar a toda costa.

 

 

2. LA SOBRIA EMBRIAGUEZ DEL ESPÍRITU

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquello por lo tanto que llamamos bautismo en el Espíritu no es otra cosa que

un modo con el cual se cumple también hoy, en medio de nosotros, la palabra

de Juan Bautista: "Él es el que bautiza con Espíritu Santo".

Para ilustrar lo que sucedió a los apóstoles el día de Pentecostés, los Padres

usan una expresión que se ha difundido mucho en la espiritualidad cristiana:

"la sobria embriaguez del Espíritu", que es como decir una "moderada

inmoderación". Aquel día los apóstoles ante la gente de Jerusalén daban la

impresión de estar borrachos. ¡Y lo estaban!, exclama san Cirilo de Jerusalén.

Sólo que se trataba de una embriaguez especial: no de vino, sino del Espíritu

Santo. San Pablo mismo parece aludir a esta paradoja de la sobria embriaguez,

cuando escribe a los Efesios: "No os embriaguéis con vino...; llenaos más bien

del Espíritu" (Ef5, 18).

El día que el Papa Pablo VI recibió por primera vez a los representantes de la

Renovación carismática católica, en el 1975, en el himno de laúdes del

breviario, había una frase de san Ambrosio:"laeti bibamus sobriam

profusionem Spiritus", es decir, "Bebamos con alegría de la abundancia sobria

del Espíritu". Recordándolo, el Papa dijo a los presentes que estas palabras

podían ser el programa de la Renovación carismática: hacer revivir en la

Iglesia aquella época de entusiasmo y de fervor espiritual que hizo tan

vibrante y fuerte la fe de los primeros cristianos.

El bautismo en el Espíritu se ha revelado, en realidad un medio simple pero

eficaz para realizar este programa. Son infinitos los testimonios de las

personas que han hecho la experiencia. Es una gracia que cambia la vida. En

el congreso internacional de Pneumatología, celebrado en el Vaticano con

ocasión del XVI centenario del concilio ecuménico de Constantinopla, en

1981, hablando de la Renovación carismática y del bautismo en el Espíritu, el

teólogo Y. Congar dijo: "Una cosa es cierta: es una realidad que cambia la

vida de las personas".

¿Cuál es el efecto principal de la embriaguez material, de vino, de droga y

otras cosas similares? La persona embriagada sale fuera de sí, sobrepasa sus

límites y horizontes ordinarios. También la embriaguez espiritual provoca lo

mismo: hace salir de sí. Pero no para vivir y actuar a un nivel por debajo de la

razón, sino para entrar en el horizonte mismo de Dios...

Nuestra actividad puede ser de dos tipos: acciones hechas por nosotros

mismos, teniendo en cuenta el Evangelio, la moral, el buen sentido, la

experiencia; o acciones hechas "en el Espíritu", es decir no solamente

humanas, sino divinas, con el sello de la potencia del Espíritu. Es de esta

distinción de la que habla san Pablo cuando escribe: "y mi palabra y mi

predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino

que fueron una demostración del Espíritu y del poder" (1 Cor 2, 4). El mundo

ha vuelto a ser de tal manera impermeable al mensaje, tan orgulloso y seguro

de sus descubrimientos, que no se le puede vencer ni convencer con el primer

tipo de acciones, sino sólo con el segundo. Ésta es la razón por la cual

tenemos necesidad "de la potencia de lo alto", de la sobria embriaguez del

Espíritu...

Es necesario recorrer el camino de la santidad en dos direcciones. Es cierto

que es necesario practicar la mortificación, la ascesis, es decir la sobriedad,

para llegar a la experiencia de Dios, es decir a la embriaguez, pero también es

cierto que es necesario haber experimentado la potencia de Dios para abrazar

el camino de la renuncia. "Si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo,

viviréis" (Rm 8, 13). Esta segunda es la vía que Jesús hizo seguir a los

apóstoles. Antes de Pentecostés ellos no fueron capaces de poner en práctica

casi nada de lo que habían escuchado de Jesús mismo. Después en cambio...

No recibieron el Espíritu en Pentecostés porque se habían purificado, sino que

se purificaron porque habían recibido el Espíritu.

A esta fundamental necesidad responde el bautismo en el Espíritu. El concilio

ha recordado la llamada universal a la santidad de todos los cristianos y el

bautismo en el Espíritu impulsa a la santidad, no a uno o dos cristianos, sino a

una muchedumbre de hombres y de mujeres. El bautismo en el Espíritu no es

por lo tanto el fin o el "non plus ultra" de la santidad; al contrario, entra en el

ámbito de lo que los doctores han llamado "las gracias iniciales". Ayuda a ser

"fervorosos en el Espíritu" (Rm 12, 11), es decir a entrar en aquel estado en el

cual se cumplen las acciones el servicio de Dios "con solicitud, constancia y

con alegría" (así san Basilio define el fervor espiritual).

 

 

3. UN TESTIMONIO PERSONAL

 

 

 

 

 

¿Pero el bautismo en el Espíritu es posiblemente el único medio para obtener

este fervor y esta sobria embriaguez del Espíritu? ¿No bastan los medios

ordinarios de la gracia: los sacramentos, la palabra de Dios? Ciertamente, sólo

que debemos estar atentos a no caer en el mismo error en el cual cayeron los

escribas y los fariseos. Ellos decían a Jesús: Hay seis días en la semana para

trabajar, ¿por qué sanas en sábado? Sería extraño que, sin darnos cuenta,

viniéramos también nosotros a decirle a Jesús: Hay siete sacramentos con los

cuales obrar y santificar a la gente: ¿Por qué actuar de este modo

desconocido? La Iglesia ha superado esta mentalidad cuando en la Lumen

Gentium 12 ha incluido la conocida declaración: "El Espíritu Santo no sólo

santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos, sino que

también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición,

distribuyendo a cada uno, según quiere, sus dones". De esta manera se ha

afirmado que existen dos direcciones desde las cuales sopla el Espíritu: desde

lo alto a través de las vías institucionales y jerárquicas y, desde debajo, por así

decirlo, de todo el cuerpo, con los dones que suscita libremente cuando y

donde quiere.

Pero no quisiera ser yo mismo quien limitase la libertad del Espíritu,

exactamente cuando trato de defenderla. Si por "bautismo en el Espíritu"

entendemos un cierto rito, hecho de una cierta forma, en un cierto contexto y

con ciertas connotaciones, no; ni siquiera ése es el único medio para tener la

experiencia de Pentecostés hoy. Ha habido y hay cristianos que han tenido la

experiencia de Dios, de la visita fuerte del Espíritu, sin saber qué es el

bautismo en el Espíritu.

Sin embargo el bautismo en el Espíritu se ha revelado como un medio potente

para reavivar la vida espiritual de millones de personas, una auténtica

"corriente de gracia", como amaba definirla el cardenal Suenens. Tendremos

por lo tanto que pensar bien antes de llegar a la conclusión de que esto no es

para nosotros, o que podemos dejarlo de lado. Yo estaba a punto de ser uno de

éstos y por ello quisiera contar brevemente mi experiencia. También porque

todas las objeciones que por lo general detienen a los sacerdotes a abrirse a

esta realidad, creo que yo me las he planteado antes. Creo que mi pobre

experiencia podría ayudar a alguno, si no a otra cosa, por lo menos a no

cometer los mismos errores.

Yo soy un sacerdote capuchino. Hasta hace algunos años, era profesor

ordinario de Historia de los orígenes cristianos y Director del Departamento

de ciencias religiosas en la Universidad Católica del Sagrado Corazón de

Milán. Se trataba de un servicio bueno para la Iglesia y la investigación; así al

menos me aseguraban mis superiores. Yo no obstante no me sentía satisfecho

y sentía vagamente la necesidad de un cambio radical. Jesús quería contar más

en mi vida; no le bastaba "aquel conocimiento impersonal", del cual ya les he

hablado alguna vez. Pero sentía, al mismo tiempo, que no tendría jamás la

fuerza para realizar un cambio tal.

En 1974 comencé a oír hablar de la Renovación carismática y a la persona que

me habló le dije que no fuera más a aquel lugar. Después me acerqué un poco

más a esta realidad, especialmente porque las personas, en vez de ofenderse de

mis críticas, parecían amarme ahora aún más y me invitaban a impartirles

enseñanzas. Algunas cosas que veía me fascinaban porque, en base a mi

especialización, reconocía sin dificultad que eran idénticas a aquellas que

sucedían en las primeras comunidades cristianas. Otras cosas (hablar en

lenguas, profetizar) me molestaban y las rechazaba.

Finalmente, en 1977, una persona de Milán ofreció algunos billetes para ir a

los Estados Unidos a participar en una gran reunión carismática ecuménica en

Kansas City. Y yo que por aquel tiempo debía ir a los Estados Unidos acepté

uno. Aquello que veía en Kansas City era claramente una profecía para la

Iglesia. Cuarenta mil cristianos -la mitad católicos y la otra mitad de otras

confesiones- reunidos a la tarde en el estadio a orar juntos y a escuchar la

palabra de Dios. Una tarde hubo una profecía, decía: "¡Llorad, haced lamento,

porque el cuerpo de mi Hijo está destrozado! Vosotros laicos, vosotros

sacerdotes, vosotros obispos: ¡llorad y haced lamento porque el cuerpo de mi

Hijo está destrozado!" Uno después del otro, todos en el estadio cayeron de

rodillas sollozando y esto sucedía mientras un mensaje luminoso se

proyectaba contra el cielo oscuro de una parte a la otra del estadio: "JESUS IS

LORD!: JESÚS ES EL SEÑOR!" Parecía una profecía de la Iglesia del futuro,

la Iglesia que todos esperamos, en donde los creyentes estén reunidos en el

arrepentimiento, bajo el soberano señorío de Cristo.

¿ Y, me pueden creer? , todo esto no bastó. Yo continuaba observando todo

esto como desde el exterior, diciendo dentro de mí: esto sí, esto no. Una

palabra de Jesús aún continuaba resonando en mi corazón y no podía

quitármela de la mente: "¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis;

dichosos los oídos que escuchan lo que vosotros escucháis!" Una vez se

cantaba el canto que narra la historia de Jericó que cae, con el estribillo que

repetía: Jerico must fall, Jericó debe caer. Los compañeros que habían venido

conmigo desde Italia, entonces, me daban codazos, diciéndome: ¡Escucha

bien, porque tú eres Jericó!

De Kansas City nos dirigimos a una comunidad carismática de New Jersey en

donde se tenía una semana de retiro sobre la Trinidad. Buscaba separarme del

grupo para ir a mi convento de capuchinos. Pero un sacerdote lleno de caridad

me repetía: quédate aún esta semana con nosotros. Recuerdo que al final me

dije a mí mismo: "Pero ésta no es una casa de perdición, es una casa de

retiros: si permanezco, ciertamente que no me puede hacer mal. ¡Pues bien,

me quedo!" Era esto lo que el Señor quería (Es conmovedor ver cómo se

contenta con poco).

y aquí se situaron aquellas objeciones de las cuales hablaba antes, que tuve

que superar una por una. Me decía a mí mismo: pero si yo soy hijo de san

Francisco, poseo una magnífica espiritualidad, tantos santos... ¿Qué es lo que

busco entre estos hermanos, qué me pueden dar de nuevo? Mientras me hacía

estos razonamientos, en el fondo de la sala (era un encuentro de oración) una

hermana abrió la Biblia y comenzó a leer. ¿Y qué fue lo que leyó? Era el

pasaje donde Juan el Bautista dice a los fariseos: "¡No digáis en vuestros

corazones: Somos hijos de Abraham, somos hijos de Abraham!" Entendí que

estaba dirigido a mí y cambié mi oración al Señor, ahora decía: Señor no digo

más que soy hijo de san Francisco, sino que te pido a ti que me hagas con tu

Espíritu realmente hijo de san Francisco, porque hasta ahora no lo he sido.

Pero no todo terminaba allí ( os he dicho que me he defendido con todas las

fuerzas). Pero si yo -me decía a mí mismo- soy un sacerdote ordenado por el

obispo, he recibido el Espíritu Santo. ¿Por qué debo arrodillarme ante los

hermanos, incluso laicos, y aceptar que oren por mí? Esta vez la respuesta me

vino directamente con una simple reflexión teológica. Me pareció oír la voz

misma de Jesús que me decía: " ¿ y yo entonces? ¿ Viniendo al mundo, no

había sido consagrado por el mismo Padre? ¿Acaso no poseía yo la plenitud

del Espíritu desde mi encarnación? y no obstante acepté ser bautizado por

Juan Bautista -¡que también era un laico!- y el Padre me dio una nueva

plenitud de Espíritu para mi misión, por vosotros". Entonces dije como Job:

He hablado una vez, y no lo repetiré. Cierro la boca. Bautízame, Señor, con tu

Espíritu... Mientras me preparaba a recibir el bautismo en el Espíritu con una

buena confesión general, recordando toda mi vida me veía como un cochero

que, con las riendas en mano, había buscado dirigir la carreta como quería:

algunas veces lento, otras veloz, ahora a la derecha, luego a la izquierda. Pero

sin resultado. En ese momento fue como si Jesús se sentara junto a mí (no

piensen en nada extraordinario, visiones, o cosas similares; eran como simples

flashs, imágenes interiores corrientísimas) y me dijera: " ¿Quieres darme las

riendas de tu vida?"

Muchos de los que han tenido la experiencia del bautismo en el Espíritu

resaltan este hecho: lo que decide todo es un acto total de abandono a la

voluntad de Dios, un rendirse y entregarse a él sin reservas, dejarle las riendas

de nuestra vida. Uno de los que participaron en el primer retiro carismático en

1967, resume así el acontecimiento: "Nosotros nos entregamos completamente

a Jesús y Jesús nos entregó su Espíritu".

Durante la oración de los hermanos por la efusión del Espíritu, en el momento

en que me invitaban a elegir de nuevo a Jesús como Señor de mi vida,

recuerdo que alcé los ojos que fueron a posarse sobre el crucifijo que estaba

sobre el altar. Era como si esperara mi mirada para decirme: Atento, no te

engañes, Raniero, éste es el Jesús que eliges como tu Señor, no otro, no un

Jesús fácil o de color de rosa. Comprendí que la Renovación en el Espíritu es

una cosa distinta a un acontecimiento formado de emociones o de entusiasmos

superficiales; lleva directamente al corazón del Evangelio.

No se dio nada de espectacular. Sólo que una vez llegado al convento al cual

había sido destinado, me di cuenta de que algo estaba cambiando: mi oración.

De regreso a Italia, pueden imaginar la felicidad de los hermanos. Decían:

hemos enviado a América a Saulo y nos han devuelto a Pablo! Después de

poco tiempo, sucedió el hecho que cambió mi vida y que yo atribuyo a la

gracia del bautismo en el Espíritu. Un día, mientras estaba orando en mi

habitación, tuve otra de aquellas imágenes interiores, posiblemente sugerida

por el versículo bíblico que estaba reflexionando. Era como si Jesús pasara

delante de mí con la misma actitud que tenía cuando regresando del Jordán se

disponía a dar inicio a su predicación. Decía: Si quieres venir a ayudarme a

proclamar el reino de Dios, ¡deja todo y ven!

"Deja todo", quería decir la enseñanza en la universidad, todo aquello que has

hecho hasta ahora. Por un momento tuve miedo de no estar preparado, porque

aquel Jesús parecía que estaba decidido y tenía prisa; invitaba pero no se

detenía.

Pero me di cuenta de que en mi corazón existía ya un sí pacífico, seguro,

puesto allí, estoy convencido, por la gracia de Dios. Me levanté siendo un

hombre diverso del que había comenzado a orar. Me dirigí a mi superior

general a comunicarle mi inspiración y fue allí donde descubrí qué gran don

es para nosotros los católicos y para nosotros los religiosos y sacerdotes el

tener una autoridad, el tener a tales representantes de Dios sobre la tierra. Sólo

así pude estar seguro de que era realmente la voluntad de Dios, y no una

presunta inspiración mía. Mi superior me dijo que esperase un año, después

del cual estuvo de acuerdo en que se trataba realmente de una llamada de Dios

y me dio su bendición para comenzar a ser predicador itinerante del

Evangelio, al estilo de san Francisco de Asís.

No habían pasado tres meses, cuando me llegó de Roma la noticia de que el

Papa me había nombrado Predicador de la Casa Pontificia, cargo que cubro

desde hace 12 años. A decir verdad, es él, el Santo Padre, quien me predica a

mí, con su humildad, encontrando el tiempo cada viernes por la mañana, en

Adviento y en Cuaresma, para venir a escuchar la palabra de un simple

sacerdote de la Iglesia.

Así es como yo he querido, al igual que san Pablo, "dar testimonio de la gracia

de Dios", porque es cierto que todo es pura gracia de Dios. Lo he hecho para

que así mi "gracias" suba a Dios, multiplicado por el gracias de todos

vosotros. Hemos llegado así al final de nuestro retiro. Deseo compartir con

vosotros, un recuerdo personal, una última palabra de Dios. El día que mi

superior general me dio el permiso para abandonar la enseñanza universitaria

para dedicarme totalmente a la predicación del reino, había, en el oficio de

lectura un pasaje del profeta Ageo: Dios dijo al sumo sacerdote y a todo el

pueblo una vez que éstos habían comenzado a reconstruir el templo: "¡Mas

ahora, ten ánimo, Zorobabel, oráculo de Yahvé; ánimo, Josué, hijo de

Yehosadaq, sumo sacerdote, ánimo, pueblo todo de la tierra!, oráculo de

Yahvé. ¡A la obra, que estoy yo con vosotros... y en medio de vosotros se

mantiene mi Espíritu!" (Ag 2, 4-5). Era un lluvioso día de otoño y la plaza de

San Pedro, en donde me había retirado a orar al Apóstol, estaba desierta. Sentí

de improviso el impulso de alzar la vista hacia la ventana del Santo Padre y

me puse a decir fuerte (no había nadie en los alrededores): "Ánimo, Juan

Pablo II, sumo sacerdote, ánimo pueblo todo de la tierra, y a trabajar porque

yo estoy con vosotros, dice el Señor!"

Pero no todo terminó allí. Tres meses después, como he dicho, fui nombrado

Predicador de la Casa Pontificia y cuando me encontré por primera vez en la

presencia del Papa no pude por menos que recordar aquel acontecimiento. Lo

compartí con todos y repetí de nuevo aquellas palabras. Desde aquel día he

repetido muy a menudo las palabras del profeta, en mis giras por el mundo.

"¡Animo pueblo todo de esta tierra, y al trabajo, porque yo estoy con vosotros,

dice el Señor. Mi Espíritu está con vosotros!" .

(Publicado en: UNGIDOS POR EL ESPIRITU (Edicep,1993).)

Nuevo Pentecostés, n. 44-45

 

 

EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

FUENTE DE SANACIÓN

 

Un día, en la mayoría de los casos, siendo pequeños, recibimos las aguas bautismales, y también en la mayoría de los casos, ahí quedó eso. Lo hemos recordado, a lo máximo, y muy pocas veces el sentido del bautismo lo hemos revivido, salvo cuando hemos asistido a un acto en donde se han renovado las promesas bautismales.

Hemos olvidado que por el bautismo, los hombres, "libres del poder de las tinieblas, muertos, sepultados y resucitados con Cristo, reciben el Espíritu de los hijos de adopción y celebran con todo el pueblo de Dios el memorial de la muerte y resurrección del Señor". (Vat. II. Ad gentes, n 14)

Así, pues, por el bautismo los hombres reciben la más grande de las sanaciones, los liberan del poder del mal, les perdona todo pecado y quedan puros e inmaculados, convertidos en nueva criatura por el agua y el Espíritu Santo.

No hay momento, en la vida del hombre, más grande que el de su bautismo, porque a través del mismo recibe la mayor de las sanaciones. Pero hay más; el bautismo imprime carácter, señal indeleble, es fuente perenne, para que perdure a través de la vida, lo que se recibió en un momento dado.

Que actualicemos cada día nuestro bautismo, dependerá de nosotros.

Que recibamos la sanación del bautismo cada día, será nuestro reto.

Siento con pena que los cristianos no nos aprovechamos del tesoro que tenemos en nuestras manos, y no obstante corremos desesperados hacia otras aguas buscando sanación.

Pretendemos ayudar a nuestros hermanos, haciéndoles descubrir el valor del bautismo, presentando y comentando algunos textos del rito del bautismo.

El acto del bautismo es un acto libre de la persona, que dará su consentimiento personalmente o a través de sus padres y padrinos. Es un punto muy importante a tener en cuenta; Es el primer paso en el rito bautismal.

A continuación se ora por los que se van a bautizar y por sus padres y padrinos, por la responsabilidad que van a contraer.

Antes de entrar en la liturgia del sacramento, el sacerdote dice una oración de exorcismo con estas palabras:

"Dios todopoderoso y eterno, que has enviado a tu Hijo al mundo, para librarnos del dominio de Satanás, espíritu del mal, y llevarnos así, arrancados de las tinieblas al Reino de tu luz admirable; te pedimos que este niño (o esta persona) lavado del pecado original, sea templo tuyo, y que el Espíritu Santo habite en él. Por Cristo nuestro Señor. Amen."

Otra fórmula de la oración de exorcismo dice así: "...Por la fuerza de la muerte y resurrección de tu Hijo, arráncalos del poder de las tinieblas y, fortalecidos con la gracia de Cristo, guárdalos a lo largo del camino de la vida."

Con estas oraciones, el sacerdote, en nombre de la Iglesia, está pidiendo que los que se van a bautizar se vean libres de todo pecado para que sean templo del Espíritu Santo, y esto a lo largo del camino de la vida. La sanación que se pide es para todos los días de la vida.

Para que lo entendamos mejor, haremos una oración pidiendo la sanación de una enfermedad física. "Dios todopoderoso, por la fuerza de la muerte y resurrección de tu Hijo, arranca el cáncer que invade y está pudriendo este cuerpo y devuélvele la salud completa para todos los días de su vida". ¡Cuál no sería nuestro asombro si esto se realizase! Y no nos damos cuenta que el bautismo hace algo mucho más grande, con toda la eficacia y siempre.

Y para cubrir de fortaleza al nuevo bautizado, prosigue el celebrante:

"Para que el poder de Cristo Salvador te fortalezca, te ungimos con este óleo de salvación en el nombre del mismo Jesucristo. Señor nuestro, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amen".

Se hace la unción en el pecho con el óleo de los catecúmenos, consagrado por el obispo en Semana Santa.

La liturgia del sacramento nos presenta un elemento esencial: el agua. El agua que es vital para la vida de las plantas, de los animales y del mismo hombre. El agua, pura y cristalina, que lava y limpia toda suciedad. Esa misma agua es escogida en el sacramento del bautismo como el símbolo de lo que realmente hace el bautismo en el hombre: limpia toda mancha y da vida nueva. Por eso el celebrante, antes de proseguir el acto, recuerda a todos los presentes la admirable providencia de Dios, que ha querido santificar el alma y el cuerpo del hombre por medio del agua.

La bendición del agua bautismal, que se hace en estos momentos, viene a recordar los diversos momentos de la historia de Israel (el diluvio, el paso del mar Rojo, Jesús bautizado con el agua del Jordán) en donde el agua fue protagonista y símbolo de lo que se iba a realizar a través de Cristo. Termina con esta oración, mientras el celebrante toca con su mano derecha el agua:

"Te pedimos, Señor, que el poder del Espíritu Santo, por tu Hijo, descienda sobre el agua de esta fuente para que los sepultados con Cristo en su muerte, por el Bautismo, resuciten con él a la vida. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén".

Hay un momento muy importante en la liturgia del sacramento. Dios, por Cristo, va a realizar una obra admirable en el bautizado, que solo Él lo puede realizar. Pero Dios no actuará, en ningún momento, contra nuestra libertad y es ahí en donde se le pide:

  • Renunciar a Satanás, a sus obras y seducciones para que Dios pueda liberarlo de todo pecado y culpa.
  • Realizar una triple profesión de fe, creyendo en Dios Padre, en Dios Hijo Y en Dios Espíritu Santo, para que Dios pueda darle nueva vida y hacerle hijo suyo.

Tanto la renuncia como la profesión de fe, ciertamente no puede hacerla personalmente cuando quien se bautiza es un niño, por eso los padres y los padrinos lo hacen en su nombre, y además se comprometen a guardar y a cultivar esa nueva vida que brota del amor de Dios. Los padres y padrinos deberán esforzarse en educarle en la fe con su palabra y con su ejemplo, de tal manera que esta vida divina quede preservada del pecado y crezca en ellos de día en día.

Confirmado, una vez más, el deseo de recibir el bautismo en la fe de la Iglesia que acaba de profesar, el celebrante procede al rito del bautismo, diciéndole al bautizado por su nombre:

"yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo", al mismo tiempo que le derrama por tres veces el agua sobre su cabeza. El bautismo se puede realiza, también, por inmersión. Un detalle; al final de la fórmula no se dice "Amén"; "amen" indica un deseo, una súplica, de que así se cumpla, así sea. Pero las palabras del bautismo son eficaces, el pecado queda borrado y la gracia se derrama automáticamente; no cabe ya ningún deseo ni súplica.

Acto seguido del bautismo, sigue un rito de la mayor importancia, que tiene la mayor trascendencia. Se unge con el Santo Crisma al nuevo cristiano. La unción es un llamado, una consagración. Se unge a los reyes, se unge a los sacerdotes, se ungía a los profetas y se ungen también las iglesias que van a ser consagradas. El celebrante unge en la coronilla del bautizado y dice:

"Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que os ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua y el Espíritu Santo, os consagre con el Crisma de la salvación para que entréis a formar parte de su pueblo y seáis para siempre miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey. Amén".

¡Cómo no celebrar con júbilo, cada día, la vivencia de nuestra consagración formando parte del pueblo de Cristo e injertados para siempre como miembros del cuerpo de Cristo! ¡Cómo no recordar cada día nuestra dignidad!

Viene a continuación tres ritos que son tres signos que manifiestan lo que ha sucedido en el bautizado.

  1. Se le impone la vestidura blanca como signo de la dignidad del cristiano y para decirle que la conserve sin mancha hasta la vida eterna.
  2. Se le entrega una vela encendida en el cirio Pascual (símbolo de Cristo) y se le dice: "Recibid la luz de Cristo". Caminad siempre como hijos de la luz.
  3. El celebrante toca con el dedo pulgar los oídos y la boca del bautizado y le dice: "El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre. Amén".

La alegría de todos los presentes en el acto se une a la alegría de recién bautizado. Ha recibido la dignidad de hijo de Dios y se une a todo el pueblo santo. Por ello es el momento en que todos juntos se pueden dirigir a Dios como Padre, con la oración del PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN LOS CIELOS...

Termina el rito del bautismo con la bendición del sacerdote. Bendice a las madres por el fruto de sus entrañas. Bendice a los padres para que, junto con sus esposas, sean los primeros que den testimonio de la fe ante sus hijos. Bendice a todos los presentes para que siempre y en todo lugar, sean miembros vivos del pueblo de Dios y que la paz reine en sus corazones.

Y finalmente dice:

"La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros. Amén."

Para terminar hay que añadir que el bautismo, al mismo tiempo que es una sanación integral del hombre principalmente a nivel espiritual, realiza también sanación física en muchos casos. "Si es capaz de sanar de raíz el mal del hombre, ¿cómo no será eficaz para curar toda otra consecuencia como la enfermedad?" El P. Darío Betancourt, en su libro "Fuentes de Sanación" cita varios casos en los cuales, los niños estando enfermos y sin esperanzas, recibido el bautismo "in extremis", se recuperaron y se salvaron.

 

     

 

 

 

_____________________________ 

 

Para la formación en los Grupos de Oración.
 El ESPÍRITU SANTO 

 P. Diego Jaramillo

Comenzábamos estas reflexiones recordando unas palabras del libro de los Hechos Apostólicos donde Jesús pedía a sus discípulos que se quedaran en Jerusalén porque iban a recibir la promesa de lo alto e iban a ser bautizados en el Espíritu Santo. Vimos cómo esos discípulos, penetrados por la fuerza del Espíritu Santo, comenzaron a contar las maravillas del Señor, a conocerle, a invocarlo como Padre, a amarlo, a alabarlo, a bendecirlo... y, valiéndonos de eso, tratamos de mirar un poco la relación de todo hombre bautizado por el Espíritu con su Padre Dios.
Los judíos llevados por el entusiasmo, por el "ruido" de la alabanza, se acercaron a la casa del aposento alto y unos escuchaban hablar las maravillas de Dios y otros decían: "están embriagados", y se burlaban de ellos. Y Pedro tomó la palabra.

Pedro, junto con los once que le acompañaban, dijo: "Varones de Jerusalén. Nosotros no estamos ebrios como alguno de ustedes lo suponen, apenas son las nueve de la mañana (no era el tiempo de que en Jerusalén se abrieran los bares y las cantinas, no, todavía no expendían ron ni licor, de manera que no estaban embriagados), lo que sucede -dijo Pedro- es que se está cumpliendo la profecía de Joel donde se decía que "en los últimos días se derramaría el Espíritu y los jóvenes y los ancianos, todos, iban a quedar penetrados por la fuerza del Espíritu divino". Y Pedro, después de evocar la acción del Espíritu de Dios prevista por el profeta Joel, habló de David y cómo David en profecía había anunciado "que su cuerpo no iba a ver la corrupción". Y Pedro decía: "Pero ese padre, ese patriarca nuestro David, sí que conoció la corrupción; su cuerpo, su sepultura se conserva entre nosotros ¿Qué sucedió entonces?, que David no estaba hablando de él, sino de un Descendiente suyo".

Y PEDRO EMPEZÓ A HABLAR DE JESÚS. Y habló de Él como de un hombre bueno en obras y en palabras que "pasó haciendo el bien", pero contra el cual se confabularon las autoridades judías y lo llevaron a la muerte y lo llevaron al sepulcro, pero Dios lo resucitó, dijo Pedro, y nosotros somos testigos y el Espíritu Santo es testigo con nosotros; y, resucitado, ascendió jubiloso a los cielos, está a la derecha del Padre, desde allí -desde la derecha del Padre- está derramando "ESTO" que ustedes están viendo, "ESTO" que ustedes están escuchando." Porque la acción del Espíritu, aunque el Espíritu es siempre invisible, las señales de su paso son perceptibles, y ¡era la oración!, y ¡era la alegría!, y ¡eran las profecías!, y ¡eran las bendiciones! lo que estaban percibiendo los judíos de ese momento en Jerusalén.

Y ustedes recuerdan que el libro de los Hechos, después de que Pedro hablara con esas palabras, dice que "muchos judíos se compungieron de corazón y preguntaban a Pedro y a los discípulos de Jesús: "HERMANOS, ¿QUÉ TENEMOS QUE HACER?" Y Pedro les decía: "CONVIÉRTANSE, ARREPIÉNTANSE DE SUS PECADOS. BAUTÍCENSE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR JESÚS, ustedes también van a recibir el Espíritu Santo porque para ustedes es la promesa y para sus hijos y para todos los que están lejanos", la promesa del Espíritu es PARA TODOS. Y dice el libro de los Hechos Apostólicos que "al escuchar ese mensaje, como tres mil se convirtieron al Señor Jesús".

Y la Iglesia nació así. Ciento veinte que había en la mañana, tres mil que había después de Pentecostés. Con una homilía Pedro había tocado el corazón de ellos, "ahora -dice el P. Tardif- ni con tres mil homilías se convierten ciento veinte, ni se convierte ninguno", pero en ese momento con la Palabra de Dios, con la palabra del Espíritu eficaz en los labios de Pedro, tres mil hombres llegaron a la fe cristiana.

De manera que Pedro comienza su trabajo apostólico (y en Pedro tenemos un ejemplo de lo que pasa en todos nosotros), comienza Pedro iluminado por el Espíritu, movido por el Espíritu, dócil ante el poder del Espíritu, Pedro comienza hablando de Jesús, Pedro da testimonio de Jesús. Y en eso, Pedro actúa como cualquier cristiano que recibe el Espíritu de Jesús.

Había gente en los primeros años de la Renovación Carismática que les decían: "Ah!, pero si ustedes están ahora hablando tanto del Espíritu Santo, ¿no será que se van a olvidar de Jesús? ¿No será que van a poner en el centro del cristianismo al Espíritu de Dios? ¿No será que ya no vamos a tener cristianismo, sino como una especie de "espiritualismo”, una especie de religión nueva, distinta o matizada, por lo menos, de aquélla que habíamos recibido antes? Y ustedes lo saben por experiencia, pero también por la lectura de la Biblia, también por el estudio de la Teología, también por el conocimiento de la enseñanza del Magisterio de la Iglesia, que esto es imposible, porque EN LA MISMA MEDIDA en que se reflexione y se ame al Espíritu Santo, se reflexione en Él, en la misma medida en que nos sensibilicemos ante su acción, EN ESA MISMA MEDIDA vamos a amar más a Jesús y vamos a conocer más a Jesús, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo no sabe hablar sino de Jesús, el Espíritu Santo es el primer evangelizador en la Iglesia, es decir, el PRIMER ANUNCIADOR DE JESÚS, el Espíritu Santo es el primer catequista en la Iglesia, el Espíritu Santo no sabe decir sino "JESÚS" y Jesús no sabe DAR sino al ESPÍRITU SANTO. EL REGALO QUE JESÚS NOS DA ES EL ESPÍRITU SANTO.

De manera que JESÚS LLEVA HACIA EL ESPÍRITU Y EL ESPÍRITU LLEVA HACIA JESÚS. No están en competencia, no tienen celos el uno del otro, sino que ambos, cada cual a su manera, tratan: Jesús de que nos llenemos de su Espíritu y el Espíritu de que nos transformemos en Jesús, que seamos Jesús vivo, que Jesús viva en nuestros corazones por esa gracia del Espíritu, como nos dice la carta a los Efesios.

Y eso lo pueden comprobar acercándose a los textos del Evangelio. Como no los vamos a leer todos, yo sí quiero recordarles algunos de los pasajes más importantes, y les voy a dar dos familias de textos. En la una, donde se muestra que el Espíritu es el que mueve a Jesús, es el que lleva a Jesús, es el que transforma a Jesús, el que le da todo el poder a Jesús. Y en la otra, en que Jesús es el que lleva el Espíritu, el que regala el Espíritu. Y el UNO y el OTRO dándonoslo a nosotros, JESÚS DÁNDONOS EL ESPÍRITU, Y EL ESPÍRITU LLEVÁNDONOS A JESÚS.
Por eso, si queremos llenarnos del Espíritu Santo, tenemos que levantar los ojos y el corazón y las manos, y decir: "¡JESÚS, DAME TU ESPÍRITU SANTO!, JESÚS, LLÉNAME DEL ESPÍRITU SANTO, JESÚS, BAUTÍZAME CON TU ESPÍRITU SANTO, JESÚS. OBTENME DEL PADRE LA GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO.

Pero si queremos conocer a Jesús, tenemos que decir: "¡ESPÍRITU SANTO, ilumíname!, ESPÍRITU SANTO, permíteme crecer en la fe y en el conocimiento y en la gracia de Jesús, ESPÍRITU SANTO, transfórmame en Jesús, ESPÍRITU SANTO, arranca de mí todo pecado porque quiero ser discípulo fiel de Jesucristo.

De manera que oramos al UNO y oramos al OTRO, para que el uno y el otro nos den precisamente la gracia de estar ambos en nuestro corazón y ambos llevarnos al único definitivo descanso a donde todos tendemos, que es el seno del Padre, de donde proviene el Espíritu, de donde se engendró el Hijo eterno.

Cuando hablamos del PADRE, del HIJO, del ESPÍRITU SANTO, cuando hablamos de ELLOS, generalmente los enunciamos en ese orden, "Padre, Hijo, Espíritu Santo", y entonces pensamos inmediatamente: "el Padre engendró a su Hijo eternamente, ese Hijo y ese Padre soplaron, es decir, el aliento de Ellos, el aliento de Ambos, la respiración de Ambos, ¡EL AMOR DE AMBOS ES EL ESPÍRITU SANTO! De manera que por eso al Espíritu Santo lo llamamos "el Espíritu del Padre" y también lo llamamos "el Espíritu de Jesucristo, el Espíritu del Hijo". El Espíritu Santo es del Padre y es del Hijo, es el VÍNCULO DE UNIÓN ENTRE EL PADRE Y EL HIJO. Pero así como decimos: "PADRE, HIJO Y ESPÍRITU SANTO", también podríamos decir: "PADRE, ESPÍRITU SANTO, HIJO", ¿porqué? porque es el Padre eterno del que todo procede, que en un acto de amor (y ese es el Espíritu Santo) engendra a su Hijo. De manera que da lo mismo decir: "Padre, Hijo, Espíritu Santo", que decir: "Padre, Espíritu Santo, Hijo", ellos no tienen celos, no emulan en nada sino en amor.. Y el Espíritu Santo eternamente es el amor entre el Padre y el Hijo. Como San Bernardo decía: "EL BESO CASTO DE AMOR DEL PADRE Y DEL HIJO ES ETERNAMENTE EL ESPÍRITU SANTO. EL AMOR ETERNO DEL PADRE Y EL HIJO, ES EL ESPÍRITU SANTO".

Y SANTO TOMÁS, que es Doctor de la Iglesia, para que comprendiéramos cómo estaban de unidos el Hijo y el Espíritu, nos dijo en uno de sus libros que "así como nosotros para hablar, es decir, para pronunciar nuestras palabras, necesitamos sacar el aire que está en el pulmón y ese aire del pulmón al pasar por nuestra garganta y las cuerdas vocales se convierte en palabras, así también el Padre eterno con ese Espíritu, con ese Aire eterno, con ese Aliento eterno, pronunció la Palabra eterna, esa Palabra que se hizo Carne". De manera que, desde siempre, EL PADRE AMANDO A SU HIJO EN EL ESPÍRITU SANTO, EL PADRE PRONUNCIANDO LA PALABRA ETERNA EN EL ESPÍRITU SANTO; desde siempre, EL ESPÍRITU SANTO, AMOR DEL PADRE Y DEL HIJO, desde siempre, EL ESPÍRITU SANTO UNIÓN DEL PADRE Y DEL HIJO, desde siempre el Espíritu Santo BESO DEL PADRE Y DEL HIJO.

Por eso el Espíritu Santo no tiene nombre. El Padre tiene un nombre, se llama "PADRE" y la segunda Persona tiene un nombre, se llama "HIJO", pero la tercera Persona no tiene Nombre, ES ALIENTO DEL PADRE Y ALIENTO DEL HIJO. Como para indicar la UNIÓN, para indicar que Él es como el cemento de unión y como "lo que Dios une no lo separa el hombre", no desune el hombre esas Tres Personas unidas para siempre en un sólo y maravilloso Dios de amor y de bondad, al cual adoramos y bendecimos, y al cual está dedicada la vida de todos nosotros.

Pero ese Dios de amor y ese Padre eterno infinito, "rico en misericordia ", al ver la situación de los hombres de pecado, tanto amó al mundo que no quería que el mundo se perdiera, sino que fuera salvado y entonces envió a su Hijo, como nos dice S. Juan en el cap. tercero de su Evangelio, en los verso 15 y 16: "ENVIÓ A SU HIJO PARA QUE EL MUNDO FUERA SALVADO POR ÉL". Y, ¿cómo lo envió? Recuerden ustedes S. Lucas nos cuenta el momento de la Anunciación, y en esta Casa con el nombre y con la devoción se prolonga en el tiempo ese misterio, lo saben todos, que María estaba en oración y que recibió la Revelación de Dios y que Ella dijo: "Pero ¡cómo puede ser esto posible!" Y que el ángel le decía: "EI Espíritu va a venir sobre ti, el poder del Altísimo te va a cubrir con su sombra, por eso lo que va a nacer de ti será SANTO, fuerte, inmaculado, el Hijo de Dios, el poderoso Hijo de Dios". Y María dijo: "Que se haga en mí según tu Palabra". De manera que desde el primer momento de la concepción del Hijo de Dios, desde el primer momento de su ser corporal, el Espíritu Santo como una nube, "EI Espíritu Santo te cubrirá con su sombra".

Estoy seguro de que ustedes han meditado ya varias veces en esa figura que usaba el Antiguo Testamento. Como no podía decir quién era Dios, como no tenía palabras para expresar quién era Dios, decía "pues es como una nube", es decir, es misterioso, no sabemos muy bien lo que hay. Ellos no tenían los conocimientos de física que tenemos nosotros ni sabían de vapor de agua, ellos veían las nubes como un manto que Dios ponía sobre la tierra, pero un manto misterioso que a veces les ocultaba el sol, que los protegía de sus rayos; que a veces los rodeaba de niebla..., algo misterioso, y ellos evocaban las nubes en el templo cuando quemaban el incienso y las volutas del incienso llenaban el tabernáculo y decían: "¡Es como el símbolo de la presencia de Dios!", así como una nube que cubre con su sombra, así vendría el Espíritu Santo sobre la Virgen María, es decir, María era como el nuevo templo y el Espíritu Santo la llenaba con su presencia, y el Espíritu Santo fecundaba sus entrañas, y el Espíritu Santo las hacía florecer en una rosa espléndida: ¡el Cuerpo de Jesucristo el Señor! ¡El Espíritu Santo formando el Cuerpo de Jesucristo, el Señor!, permitiendo por su acción poderosa el nacimiento de Jesús, y eso lo leemos en el Evangelio de Lucas y en el Evangelio de Mateo, y lo proclamamos en el Credo: "Creemos en Jesucristo, nacido de la Virgen María, por obra, por el poder, por la gracia, por la bendición, por la acción maravillosa del Espíritu Santo.

NACE JESÚS Y ESTALLA LA ALABANZA, porque cuando nace Jesús, ustedes recuerdan que todos los personajes que estuvieron vinculados de una u otra manera al nacimiento del Señor, todos ellos se iban llenando del Espíritu Santo. Y cada cual a su manera, llenos del Espíritu Santo, comenzaban a profetizar, porque para San Lucas "llenarse del Espíritu Santo" es hablar de Dios, es profetizar. Por eso, cuando María llega donde Isabel, Isabel llena del Espíritu Santo, dice: "Pero de dónde aquí que la Madre de mi Señor ha venido a saludarme. Cuanto tu saludo llegó a mis oídos la criatura daba saltos de gozo en mis entrañas", Isabel "LLENA DEL ESPÍRITU SANTO" decía: "¡Bendita Tú que has creído, porque se cumplirá lo que se te dijo de parte del Señor!" Y MARIA, LLENA TAMBIÉN DEL ESPÍRITU SANTO, desde siempre, se convertía para nosotros en profesora de alabanza y decía:

"MI ALMA GLORIFICA AL SEÑOR, mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia se extiende de generación en generación a todos cuantos le temen".

La Iglesia celebra el recuerdo de muchos testigos de Jesús, de muchos santos, pero celebra siempre su muerte, el día en que los santos mueren es el día que nacen para la vida eterna, el día en que nacen para el cielo, por eso siempre que se puede saber la fecha de la muerte de un hombre importante de la Iglesia al que se considera santo, su fiesta se celebra el día de la muerte. El nacimiento en la tierra no se celebra sino para tres Personas, que son: Jesucristo, celebramos el 25 de diciembre; la Virgen María, el 8 de septiembre, inmaculada, concebida sin mancha de pecado original, celebramos su nacimiento en la tierra; y Juan el Bautista, ya santificado por la presencia del Espíritu Santo desde que estaba en las entrañas de Isabel.

Entonces, también la Iglesia se regocija con el nacimiento de Juan; ni siquiera de San José, que no sabemos nada de él sino que fue un hombre justo y maravilloso. Pero JUAN BAUTISTA sí, y cuando Juan Bautista nace, su padre Zacarías "lleno del Espíritu Santo" recupera el habla y comienza a proclamar las bendiciones del Señor, se llena de Espíritu profético. Lleno del Espíritu, dice:

"¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David su siervo!... "

Todos los días cantamos ese himno en Laudes, el canto del BENEDICTUS. ¿Por qué? Porque el Espíritu Santo cuando llega enseña a alabar.

Así, como cuando nació la Iglesia los apóstoles todos empiezan a contar las maravillas del Señor, lo que Dios es, lo que Dios hace... Así también, cuando nace Jesús, preludio del nacimiento de la Iglesia, todos comienzan LLENOS DEL ESPÍRITU SANTO, a cantar las maravillas del Señor y a alabar.

Y poco después, cuarenta días, el Niño Jesús es llevado al Templo para ser presentado allá, con unas tortolitas ofrenda de los pobreza, y sale SIMEÓN, y él también SE LLENA DEL ESPÍRITU SANTO, y dice:

"Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto ya al Redentor".

Y ANA, esa mujer viuda, también ella, LLENÁNDOSE DEL ESPÍRITU SANTO, les contaba a todos acerca de la salvación que Dios estaba procurando a su pueblo Israel. De manera que cuando Jesús nace, cuando el Cuerpo de Jesús se forma en las entrañas de María, es el Espíritu Santo el que está actuando allí con poder. Pero cuando Jesús nace, ¡ES EL ESPÍRITU SANTO EL QUE ESTÁ GUIANDO LA ALABANZA DE TODOS LOS CREYENTES!

Y pasan los años, y comienza Jesús -después de treinta años- su ministerio apostólico, llega hasta el Jordán y baja al Jordán, los cielos se abren y desciende el Espíritu Santo, y Juan el Bautista dice: "Es que yo lo vi”, Dios me había dicho que cuando viera que el Espíritu Santo descendía sobre un hombre y permanecía sobre él, Ése era el que había de bautizar en el Espíritu, Ése era el que había de quitar los pecados del mundo. ¡Y Juan da testimonio!

De manera que el cuarto Evangelio, después de ese Prólogo tan bello de la Palabra que se hace Carne, comienza con un testimonio, el testimonio de Juan que anuncia quién es Jesucristo, aquél sobre el que permanece el Espíritu Santo, sobre el que se queda la fuerza del Espíritu Santo.

Y nos dice San Lucas que Jesús, cuando salió del Jordán, se puso a orar. Los otros Evangelios no nos hablan de este detalle, los otros Evangelios nos dicen que Jesús entró en el agua y que los cielos se rasgaron y que vino el Espíritu, pero San Lucas que es muy sensible a todo lo que es la oración en el Espíritu, San Lucas nos dice que cuando Jesús salió del agua se puso a orar, y fue en ese momento cuando se abrieron las nubes y por allí bajó el Espíritu; ya se destruyó la muralla, ya quedó abierto el paso, ya había comunicación entre el cielo y la tierra, ya había un diálogo profundo de Dios con el hombre, ya el "pontífice" estaba tendiendo el puente entre el cielo y la tierra y había comunicación, y por eso baja el Espíritu Santo, ante la oración de Jesús!

¡Quién sabe cómo sería esa oración de Jesús! Había un autor de Siria, por el siglo VIII ó IX, que cuando habla de ese pasaje hace hablar a Jesús y dice: "Señor, aquí estoy. Soy tu Siervo, he venido a hacer tu voluntad, manda sobre mí tu Espíritu, que venga ese Espíritu sobre Mí". Es decir, Jesús también como nosotros cuando hacemos una invocación al Espíritu Santo, Jesús también invocando sobre Él la fuerza del Espíritu. "¡Manda desde los cielos ese Espíritu, ese Espíritu con el cual Yo estoy eternamente unido, ese Espíritu que formó mi Cuerpo en las entrañas de mi Madre, ese Espíritu que hizo alabar a los siervos cuando Yo nací!, ¡mándalo sobre Mí, porque lo necesito ahora para empezar mi ministerio profético, para comenzar a anunciar tu Nombre!" Entonces, los cielos se rasgan y viene, como desciende una paloma, descendió el Espíritu sobre Jesús y se quedó sobre Él.

Y nos dice que entonces "el Espíritu empujó a Jesús hacia el desierto", lo llevó también a un Retiro espiritual largo, de cuarenta días, a un desierto donde Jesús se encontraba sólo, frente a frente con el Padre y con la tentación. Y cuarenta días de unión profunda, cuarenta días de Palabra de Dios, cuarenta días de oración, cuarenta días de entrega, porque cuarenta días era para los israelitas como un período privilegiado, era todo, era todo el tiempo. Así como el diluvio de cuarenta días, así como la peregrinación por el desierto de cuarenta años, así como la marcha de Elías por el desierto -después de haber comido el pan que le dio vigor- de cuarenta días; así como la destrucción de Nínive en cuarenta días!... así toda la plenitud. Así Jesucristo totalmente entregado al diálogo y a la oración con el Padre.

Y cuando pasan esos cuarenta días, el Espíritu lo conduce a Galilea. Y cuando llega a Nazareth, va a la sinagoga y lee en un sábado esa parte del profeta Isaías que dice:

"EL ESPÍRITU DE DIOS ESTÁ SOBRE Mí!, porque me está enviando a predicar la Buena Nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los cautivos, a los ciegos la vista, a anunciar un año de salvación, un año de bendiciones." ¡EL ESPÍRITU DE DIOS SOBRE Mí!

Jesús debía sentir el peso del Espíritu como si estuviera posado sobre Él, como si fuera un águila que estuviera reposando sobre él y empujándolo permanentemente, y Jesús con esa sed del Espíritu, anheloso de ir a predicar el Evangelio ya hacer el bien por todas partes. Nos dice San Lucas que "CON LA FUERZA DEL ESPÍRITU COMENZÓ JESÚS A ENFRENTAR EL MAL Y A EXPULSAR DEMONIOS" Y decían los que lo veían y no lo aceptaban: "Éste es con la fuerza de Belcebú con la que está expulsando demonios". Y Jesús los encaraba diciendo: "Es por el dedo de Dios, es por el Espíritu Santo, porque un reino dividido queda destruido".

Y Jesús seguía su ministerio, y nos dice San Lucas todavía en el capítulo once, que un día cuando Jesús mandó a sus discípulos y ellos regresaban gozosos de cumplir su ministerio y anunciar al Señor, ¡cómo habían visto que el demonio caía como un rayo desde el cielo y se destruía su poder! JESÚS SE LLENÓ DE GOZO EN EL ESPÍRITU SANTO y entonó su MAGNIFICAT. Decía:

"YO TE GLORIFICO, PADRE, SEÑOR, CREADOR DEL UNIVERSO, PORQUE TÚ HAS REVELADO ESTAS COSAS NO A LOS GRANDES, NO A LOS PODEROSOS, SINO A LOS PEQUEÑOS GRACIAS, PADRE, PORQUE ÉSTA FUÉ TU VOLUNTAD, y NADIE CONOCE AL PADRE SINO EL HIJO Y AQUÉLLOS A QUIENES EL HIJO LO QUIERE DAR A CONOCER".

De manera que ese canto de gozo de Jesús que le brotaba desde dentro, hasta ese momento la Revelación venía desde fuera, venía desde el cielo, el Padre decía desde el cielo: "ESTE ES MI HIJO EN EL CUAL YO ME COMPLAZCO", pero aquí comienza a brotar desde adentro, comienza a brotar desde el Corazón de Jesucristo, comienza a brotar desde el amor de Jesucristo, es Jesucristo que se conmueve en lo íntimo de su Ser, y con la gracia del Espíritu Santo dice: "Es que Yo, Padre, Yo te alabo; Yo me regocijo en TI". Es el gozo del Espíritu, ¡JESÚS GOZOSO! porque Jesús se sentía Hijo amado del Padre, ¡JESÚS GOZOSO! porque Jesús podía comunicarle esa alegría del Evangelio a los pobres y a los pequeños y a sus discípulos! ¡JESÚS GOZOSO! porque veía que sus pequeñitos del mundo, esos discípulos suyos, también iban a ser considerados sus hermanos, hijos del Padre!... ¡La Revelación de la Paternidad de Dios!

"¡YO TE GLORIFICO, SEÑOR, PORQUE TÚ ESTÁS REVELANDO ESTAS COSAS NO A LOS GRANDES Y PODEROSOS, SINO A LOS HUMILDES Y PEQUEÑOS!"

Jesús llevado, Jesús impulsado, Jesús gozoso en la fuerza del Espíritu Santo. Y nos dice la carta a los Hebreos, en 9, 14, que: "Cuando Jesús se inmola en la cruz, lo hace también POR LA FUERZA DEL ESPÏRITU, IMPULSADO POR EL ESPÍRITU SANTO".

Y nos dice la carta a los Romanos, en 1,4 que: "Cuando Jesús resucita es constituido Señor POR EL ESPÍRITU SANTO".

De manera que es el Espíritu Santo el que lo lleva a la cruz, y es el Espíritu Santo el que lo resucita, y es el Espíritu Santo el que lo hace SEÑOR. Es como si el Espíritu Santo se hubiera apoderado de tal manera de Jesús, que Jesús era dócil a las inspiraciones del Espíritu, ¡Jesús era un hombre carismático totalmente! ¡Jesús, un hombre abierto totalmente a la fuerza del Espíritu Santo! De manera que JESÚS suplicando, JESÚS con los brazos abiertos, JESÚS diciéndole: "PADRE DEL CIELO, DAME TU ESPÍRITU ¡PADRE DEL CIELO, ENVÍA TU ESPÍRITU! NO PUEDO YO VIVIR SIN EL ESPÍRITU, ESE VÍNCULO DE UNIÓN ENTRE TÚ Y YO YO LO NECESITO ¡ENVÍALO PARA Mí!". Esa debía de ser la oración de Jesucristo.

De manera que en esos pasajes de la Biblia que así como rápidamente he tratado de recordarles, aparece el Espíritu Santo LLEVANDO a Jesús, BAUTIZANDO a Jesús, GLORIFICANDO a Jesús, HACIÉNDO SEÑOR a Jesús! ¡EL ESPÍRITU SANTO DERRAMÁNDOSE SOBRE JESÚS. ¿Por qué? porque el Espíritu Santo no sabe sino IR hacia Jesús, VOLVERSE hacia Jesús, EMPUJARNOS hacia Jesús. ¡Esa es la especialidad del Espíritu Santo!

Por eso, si nosotros queremos conocer a Jesús, amar a Jesús, bendecir a Jesús y transformarnos en Jesús, el único camino que tenemos es decir: ¡ESPÍRITU SANTO, VEN! VEN, ESPÍRITU SANTO, Y TRANSFÓRMANOS EN JESÚS, VEN, ESPÍRITU SANTO, TÚ QUE HICISTE EL CUERPO DE JESÚS EN LAS ENTRAÑAS DE LA VIRGEN MARÍA, VEN Y FORMA A JESÚS TAMBIÉN EN NUESTRO CORAZÓN. Por la fe queremos aceptarlo a él, por la fe queremos vivir de Él, queremos que Él viva en nosotros. ¡ESPÍRITU DE JESÚS, VEN A NOSOTROS Y HAZ DE NOSOTROS IMÁGENES VIVAS DEL SEÑOR JESÚS!

Pero la Biblia sigue enriquecida, los Evangelios muy ricos en la visión del Espíritu Santo, y si esto que les acabo de decir, prácticamente todos estos textos los podemos beber en el Evangelio de San Lucas, éstos que les vaya decir ahora los podemos tomar del Evangelio de SAN JUAN, y en el Evangelio de San Juan el matiz es otro, ¡ES JESÚS EL QUE ME DÁ EL ESPÍRITU!

Si en el Evangelio de San Lucas es el Espíritu el que lleva a Jesús, en el Evangelio de San Juan ES JESÚS EL QUE CONDUCE AL ESPÍRITU. Son dos visiones y ambas se complementan, ¿quién a quién? JESÚS AL ESPÍRITU, EL ESPÍRITU A JESÚS!, ambos a la vez, ninguno con celos del Otro. No me puedo quedar con Uno y dejar al Otro, ni con el segundo olvidando al primero sino integrando esa visión en mi propia oración y en mi propia vida.

Y dice San Juan en el capítulo tercero, comienza San Juan contándonos cómo Jesús anuncia que "para ver el Reino HAY QUE NACER DEL AGUA Y DEL ESPÍRITU SANTO" y eso se lo dice a Nicodemo, y Nicodemo dice: "Pero, ¿cómo puede ser esto? ¿Acaso el hombre puede volver a ser niño y retornar a las entrañas de la madre?" Y Jesús le dice: "Pero ¿usted es doctor en Israel y dice estas tonterías, Nicodemo? ¿En qué está pensando?" Nosotros hablamos de lo que sabemos, Jesús estaba hablando de lo que sabía, Jesús no estaba haciendo teoría, Jesús estaba experimentando lo que era el "nuevo nacimiento", y por eso decía: "Nosotros hablamos de lo que sabemos".

Y, ¿DE QUÉ HABLABA JESÚS? Y ¿QUÉ HACÍA JESÚS? Y ¿QUÉ ANUNCIABA JESÚS? En ese capítulo tercero de San Juan, en el verso 34, dice:

"AQUEL A QUIEN DIOS HA ENVIADO HABLA LAS PALABRAS DE DIOS, PORQUE DA EL ESPÍRITU SIN MEDIDA".

¡Aquél a quien Dios ha enviado! Ese es JESÚS, enviado por Dios, habla palabras de Dios. Y ¿por qué habla él las palabras de Dios? porque Él quiere DAR, es especialista en ¡DAR EL ESPÍRITU SIN MEDIDA! De manera que si nosotros queremos llenamos del Espíritu, tenerlo sin medida, tenemos que decirle: "JESÚS, TÚ que das el Espíritu sin medida, ¡DERRÁMALO CON ABUNDANCIA!, NO LO ESCA TIMES. NO NOS LO MIDAS, ABRE LAS ESCLUSAS DEL ESPÍRITU y DEJA QUE VENGA SOBRE NOSOTROS DILUVIO DE ESPÍRITU SANTO ¡DA EL ESPÍRITU SIN MEDIDA!".

Y en el capítulo cuarto, tal vez no hable explícitamente del Espíritu Santo, sino de la SABIDURÍA, de la GRACIA, pero nosotros ya después de haber vivido en los tiempos de la Iglesia, sabemos que la Sabiduría y la Gracia para nosotros son la presencia del Espíritu de Dios. Y allá en el capítulo cuarto, que después va a tener como un paralelo en otros momentos de San Juan, se nos habla del diálogo de Jesús con la mujer samaritana y en el diálogo Jesús le pide de beber, y la mujer le dice: "¡Cómo tú, siendo judío, te atreves a pedirme de beber a mí, que soy mujer samaritana!" Y Jesús le replica: "¡Si conocieras el DON de Dios y quién es el que te pide de beber, serías tú quien le pedirías a Él, y Él te daría un agua de esa que brota hasta la vida eterna!, tú ya no tendrías necesidad de retornar a este pozo a sacar el agua, porque esa es Agua que brota definitivamente hasta la vida eterna". "¡SEÑOR, DAME DE ESA AGUA!". Y comienza ese diálogo de Jesús con la mujer samaritana.

Y aunque allí, les repito, se tratara sobre todo de la gracia y de la sabiduría de Dios, está intuido ya, está insinuado el Don grande, ¡SI CONOCIERAS EL DON DE DIOS!", el regalo definitivo del Espíritu Santo para todos los creyentes.

Y ese regalo se amplía, se aclara, en el capítulo siete, del verso 37 al 39, donde en el último día de la Fiesta, Jesús allá en el atrio del templo grita:

“EL QUE TENGA SED VENGA A MÍ Y BEBA, DE SUS ENTRAÑAS BROTARÁN RÍOS DE AGUA VIVA”
"... como dice la Escritura, de sus entrañas, de su corazón (del Corazón rasgado de Jesucristo, del pecho de Jesús) va a brotar un torrente de agua viva". Y añade el Evangelio: "Esto lo dijo hablando del Espíritu. Aún no había Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado".

Pero cuando fue glorificado, es decir, cuando subió al Trono de la Gloria que es la CRUZ, cuando Jesús, Rey, subió a su Trono para reinar y atraer desde allí las miradas de todos, Él desde lo alto, atrayendo las miradas de todos, Jesús glorificado en su hora de muerte y de gloria al mismo tiempo, allí fue el momento, según la visión de San Juan.

Ustedes saben que PENTECOSTÉS, para San Juan, FUE ALLÍ EN EL CALVARIO. Para San Lucas, "PENTECOSTÉS ES "CINCUENTA DÍAS DESPUÉS DE PASCUA". Pero San Juan, de una vez él quiere bloquearlo todo y dice: "Allí estuvo todo, allí en la muerte fue muerte, fue gloria, fue resurrección, fue Pentecostés, fue nacimiento de Iglesia, fue perdón de los pecados..., allí fue TODO" A él no le interesaba seguir contando por detalles, sino que dice: "De ahí, de ese misterio pascual, arranca TODO".

San Lucas, mucho más llevado de la historia, dice: "... el viernes murió y después resucitó y después se apareció a los discípulos y después subió a los cielos, y después Pentecostés..." Pero San Juan de una vez todo, en el momento en que subió a la cruz, ahí Jesucristo triunfó. De manera que, en vez de decir: "murió y a los tres días resucitó", dice gozoso: "¡Ahí, la hora de su gloria!"

Ustedes recuerdan un dato curioso, tal vez no sea tan claro, pero sí es como una intuición que la Iglesia ha visto en el cap. 19, verso 30, cuando S. Juan dice: (para describir la muerte de Jesucristo: "ENTREGÓ SU ESPÍRITU ". Los otros evangelistas, los sinópticos, dicen: "expiró", pero San Juan dice: "ENTREGÓ EL ESPÍRITU ", y por supuesto que entregó el Espíritu, puede significar: "murió, exhaló el último aliento", pero "ENTREGÓ EL ESPÍRITU ", es decir, "MURIÓ Y LE ENTREGÓ A LA IGLESIA EL ESPÍRITU SANTO", "¡MURIÓ Y FUE PENTECOSTÉS!", "¡MURIÓ y YA TENEMOS ESPÍRITU SANTO!".

SAN AGUSTÍN dice que fue como ese frasco de perfume que la mujer llevó para lavar con él los pies del Señor. Cuando la mujer llegó para lavar los pies de Jesús, QUEBRÓ ese frasco de alabastro y el olor del perfume se difundió por toda la casa, "así también, dice San Agustín, cuando allá en la cruz se QUEBRÓ ese frasco maravilloso, el Cuerpo de Jesucristo, ese recipiente bello que estaba lleno del Espíritu Santo, la acción del Espíritu, el aroma del Espíritu, el perfume del Espíritu, se difundió por todo el mundo: Jesucristo llenó con ese perfume toda la casa de la Iglesia, toda la casa del universo. Jesucristo QUEBRÁNDOSE en la cruz y el Espíritu Santo LLENANDO EL MUNDO".

"Es necesario que Yo me vaya para que Él venga", decía Jesús. "Es necesario que Yo muera para que Él viva, es necesario que Yo desaparezca para que él llegue, así lo ve San Juan, "MUERE JESÚS - LLEGA EL ESPÍRITU".

Y cuatro versos después, ahí en ese mismo texto del Evangelio, ya en el 19-34, nos dice el evangelista que un soldado llega y con una lanza perfora el costado del Señor y que BROTAN AGUA Y SANGRE". ¡Brotan AGUA y SANGRE! Brotan BAUTISMO Y EUCARISTÍA, que son los dos grandes Sacramentos de la Iglesia. BROTA LA IGLESIA DEL COSTADO DE ESE SEGUNDO ADÁN, DORMIDO JUNTO AL ÁRBOL DE LA CRUZ. Así como del PRIMER ADÁN había salido el cuerpo de la primera Eva, Adán dormido en el Paraíso y Dios formando el cuerpo de Eva de su costilla, así también DEL SEGUNDO ADÁN, dormido en el árbol de la cruz, DIOS SACANDO EL CUERPO DE SU ESPOSA ESPLÉNDIDA, LA IGLESIA, SIGNIFICADA EN ESOS SACRAMENTOS DEL AGUA Y DE LA SANGRE. EL AGUA = ESPÍRITU SANTO. LA SANGRE = AMOR DE JESUCRISTO.

Lleno de simbolismos por donde ustedes quieran. O el nacimiento de la Iglesia, o el Espíritu y Jesús, o el Bautismo y la Eucaristía..., lleno de simbolismos, porque el Evangelio de San Juan es evocador, está lleno de poesía y cuando uno está con poesías va viendo sentidos distintos, y la Iglesia los va leyendo a través de los siglos. Y ahí ve cómo la Iglesia nace del amor de Jesús, cómo la Iglesia nace del Costado de Jesús.

Y la Iglesia después, recordando ese texto del profeta Ezequiel, donde ve que una fuentecita de agua sale del lado derecho del Templo y que va creciendo y se va acrecentando, y que después es imposible vadear y que llega al mar de las aguas muertas, y los peces empiezan a tener vida, y las orillas de los ríos a reverdecer ya llenarse de frutos. Así también del lado derecho de Cristo, que es el nuevo Templo, comienza a brotar el agua nueva.

Por eso ese gran Himno en la Liturgia de Pascua: "Yo vi un agua que salía del lado derecho del Templo, el agua del Espíritu, el agua de la gracia, y Jesucristo muerto en la cruz, y Pentecostés comenzando, y Jesucristo entregando su Vida, y el Espíritu Santo vivificando la Iglesia". "Por la Sangre de un Hombre tenemos el agua del Espíritu", decía un Padre de la Iglesia. De manera que Jesucristo había transformado al comenzar, en Caná, agua en vino y ahora transformaba Sangre en Agua, y es el regalo grande del Espíritu Santo para todos nosotros.

De manera que el Señor Jesús, vivo o muerto, no sabe sino dar Espíritu Santo para su Iglesia, Él no tiene nada más que dar.

La túnica inconsútil que tenía se la robaron, se quedaron con ella. De manera que ni María ni sus discípulos tuvieron ninguna herencia, LA HERENCIA QUE ÉL NOS DEJA ES SU MANDATO DE AMOR Y LA PRESENCIA DEL ESPÍRITU. Por eso, si nosotros queremos tender las manos hacia Él y heredar lo que Él regala, lo único que podemos tomar y llenamos las manos de ello es presencia del Espíritu de Amor, es presencia del poder del Espíritu Santo, es tomar el Espíritu de Jesús para nosotros.

Y poco después, en ese mismo Evangelio, en el capítulo 20, ya Jesucristo resucitado se aparece a sus discípulos, y ¿qué hace? SOPLA SOBRE ELLOS ALIENTO DE DIOS SOBRE LOS HOMBRES, DE NUEVO PENTECOSTÉS, HURACÁN DE ESPÍRITU SANTO, sopla sobre ellos y les dice: "RECIBID EL ESPÍRITU SANTO. A QUIENES PERDONEN LOS PECADOS, LES QUEDAN PERDONADOS, A QUIEN LOS RETENGAN, RETENIDOS". El Espíritu Santo para el perdón de los pecados, PENTECOSTÉS para perdón de pecados. REGALO DE JESÚS, ESPÍRITU SANTO, ¡ALIENTO DE JESÚS! Nosotros tenemos que estar como ansiando ese regalo de Jesús, deseosos de que Jesús lo sople sobre nosotros.

En dos o tres oportunidades se habla en la Biblia de ese soplo de Dios que llegaba sobre el hombre. La primera vez fue en la creación de Adán, el cuerpo de Adán formado de barro, esperando el SOPLO DE DIOS, Y cuando Dios SOPLA sobre él y le infunde Espíritu de vida, el primer hombre vive.

Y también en Ezequiel, los huesos secos, el profeta oyendo la voz de Dios, invocando viento, huracán, "VEN SOBRE ESTOS HUESOS", comienzan los huesos a moverse y a revestirse de tendones y de piel. Y después, vuelve a invocar el Espíritu, el viento sobre esos huesos, y se va levantando un pueblo grande, numeroso en extremo.

El Espíritu de Jesús AHORA viniendo sobre nosotros, JESÚS SIEMPRE SOPLANDO SOBRE SU IGLESIA. Necesitamos que el Señor esté soplando sobre cada uno de nosotros, el Señor Jesús exhalando su aliento sobre nosotros, y nosotros deseosos de que el espíritu que tenemos se cambie por el Espíritu de Él y que sea el Espíritu de Jesús el que comience a entrar en lo íntimo del alma, que sea el Espíritu de Jesús el que comience a dar vida a nuestro propio organismo. Eso se llama VIDA NUEVA, eso se llama HOMBRE NUEVO, eso se llama JESUCRISTO VIVIENDO EN CADA UNO DE NOSOTROS, eso se llama poder decir como Pablo: "MI VIVIR ES CRISTO", o decir (Gálatas) "NO VIVO YO, ES CRISTO EL QUE VIVE EN Mí", o poder decir: "SEA QUE VIVAMOS, SEA QUE MURAMOS, DEL SEÑOR SOMOS, SOMOS DE ÉL". ¡ÉL ES NUESTRO DIOS!

Entonces, EL ESPÍRITU SANTO NOS LLEVA A JESÚS, PERO JESÚS NOS REGALA EL ESPÍRITU, y es el UNO al OTRO, y el OTRO al UNO, y por eso no hay competencia entre los dos, sino por eso es un DON MÚTUO DE AMOR.

Y en San Juan hay CINCO PROMESAS. Dos en el Capítulo 14; una en el capítulo 15; y dos en el capítulo 16. CINCO PROMESAS donde Jesús les decía a sus discípulos: "YO VOY A ROGARLE AL PADRE Y EL PADRE ENVIARÁ EL ESPÍRITU". Después, decía: "EL PADRE Y YO LES VAMOS A ENVIAR EL ESPÍRITU". Después: "EL ESPÍRITU QUE VA A VENIR SOBRE USTEDES... EL ESPÍRITU QUE VENDRÁ SOBRE USTEDES... ESE ESPÍRITU QUE VA A DAR TESTIMONIO DE Mí, ESE ESPÍRITU QUE VA A SER COMO EL ABOGADO, QUE VA A CONVENCER AL MUNDO DE PECADO Y DE JUSTICIA, ESE ESPÍRITU QUE LES VA A RECORDAR TODAS LAS COSAS..., ESE ESPÍRITU QUE LES VA A LLEVAR A LA VERDAD COMPLETA..."

ESE ESPÍRITU SANTO ES EL QUE NOSOTROS NECESITAMOS PARA QUE SEA ÉL EL QUE DÉ TESTIMONIO DE JESÚS ANTE NOSOTROS MISMOS Y SEA NUESTRO ABOGADO ANTE EL MUNDO. ESE ESPÍRITU DEL SEÑOR ES EL QUE NECESITAMOS PARA QUE SEA ÉL EL QUE NOS RECUERDE TODAS LAS COSAS. ÉL ESTÁ SIEMPRE RECORDÁNDOLE A LA IGLESIA LA VERDAD ACERCA DE JESÚS, POR ESO LA IGLESIA NO SE OL VIDA DE JESÚS. Los hombres a medida que vamos envejeciendo nos vamos olvidando de las cosas. Ahora yo me encontré con un hermano y amigo y me preguntaba por otro amigo de ambos, y no nos venía el apellido, ni él se acordaba ni yo tampoco; entonces él lo recordó, se ve que él es más joven que yo, porque los hombres nos vamos olvidando de las cosas, Pero la Iglesia, a pesar de veinte siglos de existencia, nunca se olvida de Jesús, no tiene amnesia de Jesús.

¿Por qué? porque el Espíritu Santo está siempre recordándole a Jesús y por eso todos los días hablamos de Jesús, pensamos en Jesús, invocamos a Jesús, recordamos la vida de Jesús..., cada día aparecen nuevos libros de la vida de Jesús, nuevos testimonios de Jesús, siempre el mismo, siempre NUEVO, cada día algún aspecto distinto y cada día un catequista, un teólogo, un Pontífice iluminándonos, dándonos a conocer su experiencia y cada día conociendo cosas nuevas, porque Él, EL ESPÍRITU DE JESÚS, NOS VA LLEVANDO HASTA LA VERDAD COMPLETA.

Y esto es lo que le tenemos que pedir a Él. ¡ESPÍRITU DE JESÚS, VEN! Sabemos que si uno no tiene el Espíritu de Jesús no es de Jesús, no es de Cristo, no le pertenece. Nos dice San Pablo: "Sabemos que para decir JESÚS ES EL SEÑOR lo hacemos por la gracia del Espíritu". En la 1 a Corintios, cap. 12: "Sabemos que para confesar al Verbo venido en carne, ésa es una acción del Espíritu".

Necesitamos el Espíritu para ir conociendo a Jesús, necesitamos el Espíritu para ser Siervos de Cristo Vivo, para poder servir a Jesús. NO SE PUEDE SERVIR A JESÚS, NO SE PUEDE AMAR A JESÚS, NO SE PUEDE UNO IDENTIFICAR CON JESÚS, SI NO ES POR UNA GRACIA, POR UN DON, POR UNA PRESENCIA ESPECIAL ILUMINADORA DEL ESPÍRITU SANTO.

Yo creo que el proyecto de toda vida cristiana es, como dice Pedro, "crecer en la gracia y el conocimiento del Señor Jesús". CRECER, y esto es lo que nos debe reunir permanentemente, y ese el sentido de la vida cristiana: IR CRECIENDO. O mejor: IR DEJANDO QUE JESÚS CREZCA EN USTEDES hasta que, como dice Efesios, ÉL LLEGUE A LA ESTATURA DEL VARÓN PERFECTO. Cuando Él tenga la estatura perfecta, cuando ya no esté limitado con los límites de nuestro pecado, de nuestra mediocridad, sino que nosotros quebremos el frasco para que sea Jesús y el Espíritu los que se explayen totalmente en nosotros, en ese momento estaremos dejando que Él tenga en nosotros la estatura del varón perfecto.

Pero mientras tanto, todos los días crecer en la gracia y el conocimiento del Señor Jesús, y ese el regalo que el Espíritu Santo nos puede dar a todos nosotros, y como Él no sabe sino HABLAR DE JESÚS, y como Él no sabe sino LLEVAR A JESÚS, y como Él no sabe sino CONDUCIR A JESÚS, para que Jesús nos lleve al Padre, por parte nuestra la invitación es a que alcemos manos y corazón, mirada y sentimientos, y le digamos: "SEÑOR JESÚS, ENVÍA TU ESPÍRITU, porque necesitamos de ese Espíritu tuyo para ir hasta el Padre. Necesitamos de ese Espíritu tuyo para CONOCERTE A Tí, necesitamos de ese Espíritu tuyo PARA AMARTE A Ti" .Todos los días lo podemos hacer, todos los días lo podemos vivir por la gracia del Espíritu Santo.

Nunca, nunca vamos a decir: "Yo ya llegué", Así como les decía que nunca nos vamos a graduar en Jesús, nunca nos vamos a graduar en Espíritu Santo, sino que siempre somos discípulos, y Él, Jesús el Maestro exterior, y el Espíritu Santo el Maestro en el corazón de cada uno de nosotros. Siempre el Maestro enseñándonos la misma doctrina, el mismo libro, la misma Vida, la vida de Jesús, el Amor de Jesús para nosotros. Y por eso es por lo que un día nos sensibilizamos más ante Jesús que es nuestro Salvador y otro día pensamos en el Señorío de Jesús, y otro día pensamos que Jesús es el Maestro que nos enseña y en su doctrina, y otro día lo vemos a Él como el Sacerdote que intercede por nosotros ante el Padre, o como el Puente que sirve de unión entre Dios y los hombres, y otro día decimos que ha de venir a juzgar con poder y majestad a los hombres, y otro día decimos "¡Si es el Hijo eterno de Dios!", y otro día "¡Es el Hijo de María!", "¡el Hijo de David", "el Hijo de Abraham", "el Hijo de José!"... Otro día: "Es el Hijo de Dios, el Hijo del hombre", otro día "Es el Buen Pastor", otro día "Es el Cordero que quita el pecado del mundo", otro día "Es la Estrella de la mañana!", o "Es el Lucero resplandeciente", o "Es el Alfa y la Omega", o "Es el Principio y el Fin", o "Es el Maestro", o "Es el profeta"... en fin, hay tantos nombres! Otro día: "Es la rosa y el lirio", otro día "Es el crucificado", otro "es el Resucitado"... Y CADA DÍA TIENE UN NOMBRE DISTINTO Y CADA DÍA TIENE UNA EXPERIENCIA DISTINTA, Y CADA DÍA LO PODEMOS CONOCER DESDE ÁNGULOS DISTINTOS, pero todo eso lo hacemos si dejamos que el Maestro Interior, el Espíritu Santo, abra su cátedra en nosotros, pueda dictar su clase, atendemos a su doctrina y le pedimos a Él que nos transforme y nos deje transformarnos en Cristo Jesús, ¡EL ÚNICO SEÑOR!
 

 
 

LA RENOVACION CARISMATICA ES LA VIDA CRISTIANA NORMAL

Por RALPH MARTIN

(Texto resumido de la conferencia pronunciada en la 1I Asamblea Nacional, en Alcobendas, Madrid, 1978)

LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL

Para comprender lo que el Señor está haciendo con la Renovación Carismática hemos de comprender algo de la situación de la Iglesia en eI mundo, de hoy.

En tiempos pasados toda Europa fue cristiana. Pero hace centenares de años que ciertas fuerzas trabajan para descristianizar a Europa.

Durante cuatrocientos años la Iglesia ha presentado ante el mundo, no un testimonio de amor y unidad, sino de desunión, de luchas y rivalidades. En el siglo pasado algunos profesores de la Sagrada Escritura empezaron a enseñar de una forma que minaba la confianza de los cristianos en la Palabra de Dios. Dentro de Europa ha habido una disminución progresiva de la fuerza y de la fe cristiana. Escandinava, por ejemplo, país en otro tiempo cristiano, tiene ahora el porcentaje más alto de alcoholismo, drogas y suicidios. De la Iglesia Anglicana, que fue tan fuerte, ahora sólo van un dos o tres por ciento a la iglesia el día de Pascua. Igual situación en los países católicos: en Bruselas sólo un diez por ciento va a la iglesia el domingo. Semejante es la situación en Italia y Francia, y muchos otros países del mundo.

Pero durante los últimos setenta años ha habido un fuerte movimiento del Espíritu entre todos los cristianos.

El primer día del siglo XX el Papa León XIII en carta dirigida a todos los Obispos afirmaba: “El empezar un nuevo siglo es una nueva efusión del Espíritu Santo”. En el mismo día comenzaba en Topeka (Kansas, USA) lo que llamamos Movimiento Pentecostal Clásico. Aquel Papa se sorprendería en el cielo al ver dónde dio fruto su mensaje. Hoy día esta corriente del Espíritu Santo es la fuerza mayor que se desarrolla y propaga por todos los cristianos del mundo.

Entre los años 1957 y 1960 este movimiento entra en algunas iglesias protestantes. Luteranos y Episcopalianos también experimentan el Bautismo en el Espíritu y todos los dones carismáticos, sin abandonar sus iglesias, aunque no les fue nada fácil.
En 1967 el Espíritu Santo nos sorprende a nosotros los católicos, y empieza entonces la R.C. en la Iglesia Católica.

EXTENSION DE LA R.C. EN LA IGLESIA CATÓLlCA

Según encuestas realizadas últimamente, unos cinco millones de católicos en Estados Unidos han tenido alguna relación con la Renovación Carismática. Esto supone el 10 por ciento de los católicos norteamericanos, lo cual es de gran influencia en la Iglesia Católica de este país.

También se esparce muy pronto por todo el mundo en la Iglesia Católica. Crece rápidamente en América del Sur, por ejemplo, en Colombia, donde hay más de diez mil grupos de oración. En Centroamérica y Venezuela ha habido conferencias con más de 25.000 personas.

En Montreal (Canadá) se reunieron 50.000 católicos de habla francesa para una Conferencia de la R.C. En el Pentecostés de este mismo año, en Nueva Jersey (USA) se reunieron 70.000 cristianos en un encuentro ecuménico.

Crece abundantemente en Francia, en Irlanda. También en los países asiáticos, de manera especial en Filipinas y en Shiri Lanka (antes Ceilán).
Se está dando una nueva efusión del Espíritu Santo por todo el mundo. ¿Por qué hace esto el Señor? Creo que ÉL quiere restablecer nuestra confianza en la Iglesia, reparar el daño que durante los últimos siglos se hizo en la Iglesia, que redescubramos la Biblia como su Palabra, reforzar los lazos de amor y unidad entre los cristianos, reparar toda la fragmentación que hay en los países europeos.

A veces pensamos: ¿en qué consistirá esto?
Hace un año el Cardenal Suenens, a dirigentes de la R.C. y teólogos que reunió, nos pidió que tratáramos de buscar y comprender en profundidad lo que Dios quiere hacer y está haciendo a través de la R.C. Nos pareció ver cada vez más claro que Dios está derramando su Espíritu para restaurar y restablecer simplemente la vida cristiana, la vida normal de la Iglesia.

El Cardenal Suenens suele decir que los católicos normales viven una vida que “es anormal” y nos pidió que buscásemos en el Nuevo Testamento aquellos aspectos que manifiestan una vida cristiana normal. ¿Cuál es la Visión que nos da el Nuevo Testamento de una vida cristiana normal? Descubríamos cuatro elementos fundamentales que deseo compartir con vosotros hoy.


PRIMER ELEMENTO: ACEPTAR A CRISTO COMO SALVADOR Y SOMETERNOS A ÉL COMO NUESTRO SEÑOR

No es normal para los cristianos el no conocer a Jesús como su Salvador, el ignorar en su interior que Cristo, murió por ellos, que derramó su sangre para salvarnos.

Vida cristiana normal significa reconocer a Cristo como nuestro Salvador, el que quita nuestros pecados y restablece nuestra unión con el Padre. Jesús es el que nos une con Él para siempre y nadie más que Jesús. ¡Aleluya!

No basta recibir y aceptar a Jesús como nuestro Salvador y gozar la alegría de saberlo. Hay que someterse a ÉL como Señor. Esto quiere decir que aprendamos que le pertenecemos a ÉL.

Fuimos creados por ÉL y para ÉL. El primer capítulo de la carta a los Colosenses nos dice que Dios creó el universo por Jesús y para Jesús. Hemos sido creados para el Hijo de Dios. No nos pertenecemos, pertenecemos al Hijo de Dios.

Por el precio de su sangre fuimos comprados y rescatados del pecado y de la muerte. Por estos dos motivos le pertenecemos a ÉL.

Cuando damos algo a Jesús, nuestro dinero, nuestro tiempo, nuestras cualidades para que las use, cuando nos entregamos a nuestros hermanos y hermanas, sólo le devolvemos propiedad robada: si todo le pertenece, devolvámosle todo. ¡Aleluya!

Someterse a Jesús como Señor quiere decir entregarle nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestros dones, nuestras relaciones, nuestras decisiones. No son ya nuestras posesiones. Han de ser usadas para el Reino de Dios. Hemos de recibir orientaciones de Jesús sobre cómo quiere ÉL que usemos nuestras vidas y todo lo que tenemos para ÉL.

¿Qué significa amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas? Someterse a Jesús como Señor y dejar que ÉL use nuestras vidas como ÉL quiera.

Por tanto: vida cristiana normal quiere decir: conocer a Jesús como nuestro Salvador y someternos a Él como Señor. Aunque vayamos a la iglesia todos los domingos, recitemos el rosario y demos nuestro dinero en las colectas, si no reconocemos a Jesús como Salvador y no nos sometemos a ÉL como Señor, no vivimos vidas cristianas normales.

SEGUNDO ELEMENTO: UNA VIDA VIVIDA EN EL PODER Y LA FUERZA DEL ESPIRITU

Si el Espíritu Santo es invisible, los resultados de su presencia y su acción son muy visibles. Donde no vemos los resultados de su presencia, tal vez es porque no esté allí como debería estar.

Se nos ha dado el Espíritu para que se manifieste en nuestras vidas, cambiar las cosas, dar testimonio y hacer a Jesús visible en el mundo. Jesús habló de cosas concretas que el Espíritu iba a hacer en el mundo.

El capítulo octavo de la carta a los Romanos habla de nuestra debilidad y flaqueza para orar, pero el Espíritu nos ayuda con gemidos inefables. Jesús habló un día a la Samaritana de la verdadera adoración, del culto a Dios en espíritu y en verdad.

Jesús vino a hacer de su pueblo el nuevo templo de Dios. Nosotros somos este pueblo y este templo que puede dar culto a Dios en espíritu y en verdad.

Una de las cosas más importantes que suceden en la R.C. es la alabanza y la adoración: Dios es adorado y glorificado en Espíritu y en verdad.

Esto es lo que quisiera decir a mis hermanos de España: no dejéis de alabar a Dios continuamente. ¡Aleluya! Jesús respondió un día a los fariseos que le pedían reprendiera a sus discípulos porque alababan a Dios a grandes voces: “Os digo que si éstos callan gritarán las piedras” (Lc 19,37-40).

Jesús nos da el Espíritu para que podamos dar testimonio de Él. Un día, Jesús mandó a sus apóstoles que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, y les dijo: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos” (Hch 1,8).

Fijaros en lo que dijo Jesús: No seréis testigos de una institución o de una moralidad o de un credo. Seréis testigos de Mí, del Hijo de Dios vivo que habéis encontrado. Seréis testigos de Jesús resucitado. Podréis decir: ¡JESUS VIVE!

TERCER ELEMENTO: UNA VIDA DE RELACION EN COMUNIDAD

Jesús vino a hacer de nosotros un pueblo, un cuerpo, una comunidad. Dio los dones carismáticos para fortalecer nuestra mutua relación en comunidad. En el capítulo XII de la Primera a los Corintios nos dice S. Pablo que las relaciones de los cristianos entre sí son como las de los miembros del cuerpo humano entre sí.

La conversión cristiana no es sólo conversión a la persona de Cristo, a una vida en el Espíritu. Es también una conversión a nuestros hermanos y hermanas en Cristo. Es no sólo aceptar a Cristo, sino también aceptar a los hermanos y hermanas en Cristo. No es completa hasta que no entramos en una relación de hermanos y hermanas en Cristo.

¿En qué consiste esta relación? Relacionarnos unos con otros, no sobre la base de la propia conveniencia, sino fundándonos en un compromiso. Porque estamos comprometidos no solamente con Cristo, sino también con nuestros hermanos.

La R.C. permanecerá superficial si no nos comprometemos unos con otros.

Es decir, ser hermanos y hermanas en Cristo quiere decir que no sólo vamos a buscar a dos o tres con los que nos llevamos bien, con los que nos gusta estar, de los que podemos ser amigos. Relacionarse a este nivel no es más que amarse unos a otros como la gente del mundo se ama y no como Cristo nos amó a nosotros.

Nada agradable le resultó a Jesús amarnos a nosotros. Ningún apoyo emocional recibió de sus discípulos, ni le comprendieron muy bien, continuamente le decepcionaron, pero ÉL siguió amándolos. Este es el amor que Jesús quiere que tengamos unos con otros. Amar, no solamente porque recibimos algo en retorno, sino por el poder y el Espíritu de Jesús “que está” en nosotros.

Por tanto, ser hermanos y hermanas, es preocuparme no sólo de mi bien, sino del bien de los demás. Orientar mi vida, mis decisiones no apoyándome sólo en lo que es bueno para mí, sino en lo que es bueno para «nosotros».

Muchas de mis decisiones personales tienen que dejar de serlo. Por ejemplo, cuando se trata de tomar nuestras vacaciones, etc. Son decisiones que afectan al Cuerpo de Cristo.

El Cuerpo de Cristo sufre numerosos problemas porque muchos hermanos y hermanas no se han preocupado de las necesidades de los demás.

Jesús nos ha dicho que este amor a los hermanos es la señal y el secreto para atraer a aquellos que no crean en ÉL.

Si nos preocupamos de una obra de evangelización, por ejemplo, de recristianizar a España, tenemos que ocuparnos y preocupamos de nuestras relaciones de hermanos entre nosotros.

CUARTO ELEMENTO: UNA VIDA CRISTIANA QUE PRODUZCA FRUTO

Jesús murió en la Cruz, resucitó y envió su Espíritu para que nosotros nos hiciéramos sus discípulos y diéramos fruto, el fruto de su Espíritu en nuestras vidas y en nuestras relaciones, el amor de Cristo en todas nuestras obras, el fruto de que nuevos hermanos lleguen a ÉL por la obra de la evangelización.

La voluntad de Dios es que crezca su Iglesia, que el mundo llegue a la fe, no que la Iglesia pierda la fe; que la Iglesia evangelice al mundo y no que el mundo evangelice a la Iglesia.

Se necesita una profunda renovación en la Iglesia. En las parroquias no se vive una vida cristiana normal: los cristianos no se aman unos a otros y cada vez son menos los que se preocupan de entrar a formar parte de la vida parroquial.

La Iglesia necesita ser restaurada a una vida cristiana normal.

¿Cómo podemos restablecer esta vida cristiana? La misión puede ser abrumadora, los problemas enormes, la fuerza del secularismo puede resultar muy fuerte, la Iglesia puede aparecer débil, la visión que nos presenta el Nuevo Testamento nos puede parecer demasiado excelsa: en definitiva, podemos sentirnos abrumados.

Quiero deciros cuál es el secreto importante: a aquél que es fiel en lo poco se le confiarán cosas grandes. Si no sois fieles a lo que Dios os da hoy, aun lo que tenéis se os quitará. En esto Jesús es muy claro.

Nuestra fidelidad y nuestra falta de fidelidad tienen consecuencias importantes para nosotros y también para los demás. Es estrecho y costoso el camino que conduce a la vida y pocos lo encuentran.

Jesús nos da fuerza hoy, nos da luz e inspiraciones del Espíritu Santo, puede movernos a orar por los miembros de nuestras familias, por los de nuestras congregaciones religiosas, puede inspirarnos a comprar un libro y dárselo a un amigo o ir a casa y amar más de lo que hasta ahora hacíamos a nuestro marido o mujer; a aquél que es fiel a la gracia que se le da hoy se le dará más gracia mañana. La Renovación en España está empezando, relativamente es pequeña: pero recordad: al que es fiel en lo poco se le confiarán cosas mayores. ¡Gloria a Dios!