
TESTIMONIOS
Salí del alcohol
Hace unos 19 años mi vida dependía única y exclusivamente del acohol. Tenía un buen empleo, una familia y no me daba cuenta de que cada día necesitaba beber más para desarrollar mi trabajo. Lo que empezó como eso que llaman “bebida social”, terminó haciéndome esclavo de la barra de los bares.
Me parecía que si dejaba de beber sería incapaz de hacer las cosas más sencillas, que la vida no tendría ningún sentido y que aquello de tomar copas era parte consustancial a mi existencia.
La convivencia matrimonial se fue deteriorando, no en un día, si no a lo largo de interminables meses; la falta de respeto a la vida familiar, mis continuas discusiones y mis borracheras hacían de mi hogar un verdadero infierno.
Trabajaba como jefe de área en una multinacional y mi tarea consistía en hacer visitas en el ámbito de gerencia. Naturalmente mis jefes se dieron cuenta de mi progresiva dependencia a la bebida y no tuvieron más remedio que cesarme en el puesto de trabajo. Yo, como casi todos los que beben en demasía, no me enteraba de la triste impresión que producía en los demás.
Al poco tiempo me abandonó mi esposa.
Durante un año estuve dando tumbos, emborrachándome de buena mañana y llegando a la noche en condiciones deplorables. Mi única ilusión era conseguir una botella de vino. La meta más importante de mi vida era conservar la borrachera y vivir entre los vapores del alcohol. Si alguien dice que la bebida ahoga las penas yo puedo asegurale que no es así. Las penas y los problemas flotan en cualquier copa de vino.
Poco a poco fui perdiendo a los amigos. El desmoronamiento en el que estaba inmerso me hacía imposible el conseguir algún empleo. Es más, tampoco lo buscaba. La bebida tiene una tremenda capacidad para ocultarte el porvenir. Si hoy has conseguido tu ración diaria de copas el mañana no existe. Ante este engaño te despreocupas de las cosas más necesarias.
Un buen día me cortaron la luz por falta de pago. Al cabo de poco tiempo, el agua. Más adelante se llevaron el teléfono. Debía ya unos cuantos recibos del alquiler. A todo esto mi familia no sabía nada de mi situación y yo, por un falso orgullo mal entendido, no les pedí ayuda.
En mi casa andaba con velas y por la noche bajaba hasta la calle para llenar un par de cubos de agua en una fuente pública. Me acostaba pensando de dónde sacaría cien pesetas para conseguir un litro de vino peleón... Esa era la meta de mi vida, ninguna otra.
Había perdido la familia, el trabajo, las relaciones sociales y el respeto a mí mismo. Y tengo que decir que no pisaba una iglesia desde hacía más de veinte años.
Una noche llegué borracho a mi casa, como de costumbre. Encendí una de las velas y mirando a mí alrededor me di cuenta, por primera vez en muchos meses, de mi lamentable estado. Había llegado al límite.
Tenía un crucifijo en mi habitación, lo miré y aquella noche me arrodillé y llorando le dije: “¡Si tú no me sacas de este pozo yo no puedo salir!”
Unos días más tarde, mientras estaba en un bar de mi barrio, se acercó una mujer a la que conocía vagamente. Yo seguía tomando mis copas y ella, después de hablar de otras cosas, me dijo: “Jesús te ama”. Naturalmente me la tomé a broma. “¿Cómo puede Jesús quererme a mí, con la vida que llevo y riéndome de todas esas cosas de iglesia?” Y pedí otra copa.
Nos fuimos viendo, ella hablándome de Dios y yo siguiendo con la bebida. Un día me habló de un grupo de oración, en una iglesia cercana; me invitó a conocerlo. Me negué en redondo. Pero otro día y alguno más, insistió. Al fin, para quitármela de encima y no parecer un maleducado, acudí a aquel grupo de oración de la Renovación Carismática Católica. La primera impresión que saqué es que todas aquellas personas estaban locas. Levantaban las manos, cantaban. Pero algo había allí. La oración era sencilla pero directa. Parecía que el Señor estuviera sentado, acompañándoles, en cualquiera de aquellos bancos. Volví otras veces. En uno de aquellos días, intuyendo mi situación, se presentó en mi casa aquella mujer que me había invitado al grupo. Me traía comida. Naturalmente yo no había contado a nadie mi situación personal, pero no era difícil entenderla.
Empecé a trabajar en algunos empleos de corta duración y todavía seguía bebiendo. Algunos meses más tarde uno de los hermanos del grupo me proporcionó un empleo estable en un parquing. En el grupo yo no habría la boca, no cantaba y me sentaba lo más cerca posible de la puerta...
Un día me confesé, después de tantos años. Pero no podía comulgar, no me había perdonado a mí mismo. Más tarde ya lo hice. Volví poco a poco a la iglesia, participaba un poco más en el grupo y mi vida iba normalizándose.
Recuperé la luz, el agua, el teléfono y hasta me compré un coche de segunda mano... Pero todavía tenía el hombre viejo en mí. No había dejado totalmente el alcohol. Llevaba dos años trabajando cuando un día caí al suelo y no podía levantarme. Aquello pasó, pero unos días más tarde sucedió lo mismo. Me llevaron al hospital y después de una noche de exploraciones me dijo el médico de guardia: “Tienes un agujero en el pulmón como un puño, el hígado hecho polvo y una polineuritis”. Y se quedó tan tranquilo. Tenía, pues, una tuberculosis y todo lo demás.
Cuando todo parecía que iba viento en popa llegaba la enfermedad. Estuve ingresado en el hospital en situación verdaderamente grave.
Pues, bien, le doy gracias a Dios por ello, porque me sirvió para dejar definitivamente la bebida y para ver la vida de otra forma. Estuve casi siete meses sin poder andar, sentado en un sillón, viendo cambiar el color de las hojas de los árboles.
Gracias a la oración de los hermanos mi curación fue, según los médicos del hospital que me trataban, espectacular. La tuberculosis quedó completamente curada, la polineuritis ha desaparecido, ando perfectamente, y en los controles hepáticos todo es normal.
Siendo importante la curación física creo que lo más importante ha sido mi sanación espiritual, porque ésta trae como consecuencia la otra. Todavía me queda mucho camino por recorrer, pero después de mi experiencia del poder salvador de Jesús el camino se hace más fácil.
Hace ya 18 años que no pruebo ni una sola gota de alcohol. Y no es mérito propio. El Señor quiso que pudiera entrar en todos los bares del mundo sin que me apeteciera tomar una sola copa. Y sigo en el Grupo de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, de Barcelona, en el Santuario del mismo nombre, y veo que el Señor actúa en nuestras vidas diariamente, en las pequeñas cosas, como un amigo al que siempre se puede acudir.
Éste es mi testimonio, para mayor gloria de Dios.
El Señor está vivo entre nosotros y a Él le debo que me sacara del pozo en el que había caído. Y animo a los que tengan problemas con la bebida a que acudan al médico que puede curarles: Jesús.
José Antonio Godina Miñana
♦♦♦♦♦♦♦
Jesús sana hoy, ayer y siempre.
Quiero dar un testimonio personal, de lo que yo he visto y vivido. No en ningún libro, en la vida real.
Hace unos cinco años una hermana de nuestro grupo de oración nos comunicó que a su hermano se le había diagnosticado en un hospital de Lérida un cáncer en la rodilla. Para confirmar ese diagnóstico se le envió a Barcelona, al Hospital del Valle de Hebrón, reconocido como uno de los centros más prestigiosos de España. Allí confirmaron la existencia de un cáncer y le expusieron al enfermo que la única solución para salvarle la vida era amputarle la pierna y, aún así, no le daban muchas esperanzas. La hermana nos pidió que fuéramos al hospital a orar por su hermano. Así lo hicimos y al entrar en su habitación el enfermo nos rogó oráramos por él en el pasillo, para no molestar al paciente de la cama de al lado. Le impusimos las manos, le pedimos al Señor la sanación de aquel hermano, casado, con dos hijos, joven. Después de la oración nos marchamos y bajamos a la capilla del hospital y seguimos orando por él. También lo hicimos en nuestro grupo. Al cabo de una semana nos llamó su hermana para decirnos que en la última exploración, previa a la amputación de la pierna, el cáncer HABÍA DESAPARECIDO. Este hermano volvió a su casa, trabaja normalmente y no ha tenido ningún problema con su rodilla. Esto lo explico para mayor gloria de Dios.
José Antonio Godina Miñana.
Grupo "Nuestra Señora del Sagrado Corazón"
Barcelona.
EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU.
P. RANIERO Cantalamesa
A través de los evangelios sinópticos y en particular del evangelio de Lucas,
vemos como a partir del bautismo de Jesús, inmediatamente después, Jesús
desarrolla todo su ministerio público "en el Espíritu Santo". Pero también el
cuarto evangelio habla de este tema. Juan describe indirectamente el bautismo
de Cristo, a través del testimonio que da Juan el Bautista. "Y Juan dio
testimonio diciendo: He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del
cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a
bautizar con agua, me dijo: Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se
queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo" (Jn 1,32-33).
Apenas unos versículos antes Juan el Bautista presenta a Jesús ante el mundo
diciendo: "He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,
29). Nosotros muy a menudo nos detenemos únicamente en este aspecto de la
obra de Cristo. Dos veces resuena esta frase del Bautista en la misa: en la
aclamación "Cordero de Dios..." y antes de la comunión. Pero el Precursor no
se detiene allí. Junto a este aspecto, por así decirlo, negativo, de liberación del
pecado, agrega inmediatamente el aspecto positivo de su obra, que es dar el
Espíritu, la vida nueva. Casi siempre, cuando se describe la salvación
escatológica, vienen resaltados estos dos elementos: la liberación del pecado y
el don de la vida nueva. Así, por ejemplo, en Ezequiel 36, 25-27, en Hechos 2,
38 "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de
Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el Espíritu Santo".
El Evangelio de Cristo es principalmente el anuncio positivo de una nueva
relación con Dios. Jesús no ha venido a "quitar" algo, sino a "dar": a dar la
vida en abundancia. La primera cosa es solamente una condición para la
segunda, porque, como decía el mismo Jesús, no se puede meter vino nuevo
en odres viejos, es decir el Espíritu Santo en un corazón que aún está lleno de
pecados.
El mundo tiene necesidad y sed de este anuncio en positivo que habla de vida,
de plenitud, de alegría. La Iglesia católica es la mejor preparada para llevar tal
anuncio al mundo, gracias a la concepción más positiva que tiene de la
redención y de la gracia. La gracia no es, en la visión católica, sólo una
"imputación externa de la justicia" que deja al hombre, en su interior, como
antes, es decir pecador, sino que es el don de una vida nueva, la presencia
misma de Dios en nosotros mediante su Espíritu.
"Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que
bautiza con Espíritu Santo". Jesús en el Jordán, recibe el Espíritu para luego
darlo; es bautizado en el Espíritu Santo, para bautizar en el Espíritu Santo. El
Espíritu que nos confiere a nosotros es el mismo que el Padre le ha conferido
a Él. Un mismo Espíritu por lo tanto es el que habita en nosotros y en él, en la
cabeza y en los miembros, como una misma es la sangre que tienen los hijos
de un mismo padre.
¿Pero qué significa que Jesús es aquel que "bautiza en Espíritu Santo"? Sirve
para distinguir el bautismo de Cristo respecto al de Juan, que bautiza
solamente "con agua". Pero no todo se agota ahí. La expresión sirve para
distinguir también la entera persona y la obra de Cristo de la del Precursor. En
otras palabras: en toda su obra Jesús es "aquel que bautiza en Espíritu santo".
Bautizar tiene aquí un significado metafórico que quiere decir inundar,
recubrir, como hace el agua con los cuerpos. Jesús "bautiza" en Espíritu Santo
en el sentido que "da el Espíritu sin medida" e "infunde" su Espíritu (Hch 2,
33) sobre toda la humanidad redimida. La expresión se refiere más al
acontecimiento de Pentecostés que al sacramento del bautismo, como se
deduce del texto de los Hechos: "Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis
santificados en el Espíritu Santo dentro de pocos días" (Hch 1,5).
La expresión "bautizar en el Espíritu Santo" define por lo tanto la obra
esencial del Mesías que ya en el Antiguo Testamento aparece dirigida a
regenerar la humanidad en el Espíritu Santo. Aplicando todo esto a la vida de
la Iglesia, debemos decir que Jesús resucitado no bautiza en Espíritu Santo
únicamente en el sacramento del bautismo, sino que también en la Eucaristía,
también cuando escuchamos su palabra, siempre.
Hoy él lo está llevando a cabo con el modo nuevo y especial llamado "el
bautismo en el Espíritu", o "la efusión del Espíritu", que ha hecho su aparición
entre los cristianos a principios de nuestro siglo, entre las iglesias protestantes,
y que luego, con la llamada Renovación carismática, se ha difundido en casi
todas las iglesias cristianas, comprendida la Iglesia católica.
El bautismo en el Espíritu está ciertamente relacionado con el sacramento del
bautismo, como indica el mismo nombre. Sobre esto se ha insistido mucho y
justamente. En su libro "lniciación cristiana y bautismo en el Espíritu Santo"
y, de una manera más breve, en el opúsculo "Reavivar la llama" (Fanning the
Flame), K. McDonnell y G. Montague se han esforzado por demostrar que el
"bautismo en el Espíritu" es un momento y un aspecto integrante de la
iniciación cristiana y que como tal fue conocido y practicado en la Iglesia
primitiva.
Para entender cómo un sacramento recibido al inicio de la vida, en la infancia,
pueda improvisadamente encenderse de nuevo y volver a irradiar tanta energía
espiritual, nos ayudará el recordar algunos principios de teología sacramental.
La teología tradicional conoce el concepto del sacramento "ligado", o
"impedido". Se dice ligado un sacramento que, aún siendo válido, no puede
producir sus frutos a causa de un impedimento. Un caso extremo de esto es
por ejemplo el sacramento del matrimonio o del orden sagrado recibido en
estado de pecado mortal. Éste no produce ninguna gracia de estado. Pero si,
con la penitencia, se quita el obstáculo, se dice que el sacramento "revive"
(reviviscit) y confiere su gracia propia, sin necesidad de que sea repetido el
rito sacramental.
Podemos aplicar analógicamente este concepto al bautismo. El bautismo es en
muchos casos un sacramento "ligado", no a causa del pecado, sino a causa de
la falta o de la debilidad de la fe, que constituye un requisito esencial. Fe y
bautismo siempre han sido presentado juntos en el Nuevo Testamento: "Quien
crea y se bautice será salvo". Cuando el bautismo era administrado a los
adultos, después de una conversión y la aceptación explícita de Jesús como
Señor, los dos factores actuaban juntamente, se realizaba una sincronización
que encendía una gran luz en la vida de las personas, como cuando los dos
polos, negativo y positivo, de la corriente eléctrica se ponen juntos. Más tarde
se difundió la práctica de bautizar a los niños. Pero por muchos siglos esto no
implicaba un problema tan grave, porque viviendo en una sociedad y en una
cultura inmersa en la fe cristiana, la Iglesia anticipaba la fe del niño, se hacía
garante, en espera de que él mismo pudiera hacer su formal acto de fe
personal. Familia, escuela, sociedad lo educaban - se entiende más o menos
bien, según los tiempos y los lugares- en la fe. Pero desde hace un tiempo se
sabe que la situación ha cambiado y que son siempre más numerosos los casos
de personas bautizadas que no llegan jamás a completar el propio bautismo
con el necesario acto de fe. El bautismo continúa siendo un sacramento
"ligado". Es una especie de don envuelto en una caja de regalo recibido al
inicio de la vida, en el cual están encerrados los títulos más nobles (hijo de
Dios, hermano de Cristo, miembro del cuerpo místico, templo del Espíritu
Santo...), pero que no ha sido abierto jamás, y por lo tanto permanece en gran
parte inactivado.
El bautismo en el Espíritu es la ocasión en la cual la persona se convierte,
elige libre y personalmente a Cristo como su Señor, confirma su bautismo. Es
como cuando el cable se enchufa en el tomacorriente, se provoca el contacto,
y la luz se enciende.
Por estos motivos es justo, repito, ver el bautismo en el Espíritu en relación
con el bautismo sacramento, como su complemento o renovación. Pero no es
suficiente.
La frase "bautizar con Espíritu Santo" no se refiere únicamente a aquello que
hace Jesús en el sacramento del bautismo, sino que abarca toda su obra y
especialmente Pentecostés. Nosotros no podemos explicar el actual bautismo
en el Espíritu únicamente como un efecto retardado de nuestro bautismo
sacramental. No es sólo nuestro bautismo lo que "revive" con éste, sino la
confirmación, la primera comunión, la ordenación sacerdotal, la ordenación
episcopal, la profesión religiosa, el matrimonio, todo. Es verdaderamente la
gracia de "un nuevo Pentecostés". Una iniciativa nueva, libre y soberana de la
gracia de Dios que se funda, como todo el resto, en el bautismo, pero que no
se acaba allí. No dice referencia sólo a la iniciación, sino también al desarrollo
y a la perfección de la vida cristiana.
Sólo de este modo, se explica la presencia del bautismo en el Espíritu entre los
Pentecostales, para los cuales la iniciación es un concepto extraño y el mismo
sacramento del bautismo no tiene la importancia que tiene para nosotros los
católicos. El bautismo en el Espíritu tiene en su raíz misma una dimensión
ecuménica que es necesario preservar a toda costa.
Aquello por lo tanto que llamamos bautismo en el Espíritu no es otra cosa que
un modo con el cual se cumple también hoy, en medio de nosotros, la palabra
de Juan Bautista: "Él es el que bautiza con Espíritu Santo".
Para ilustrar lo que sucedió a los apóstoles el día de Pentecostés, los Padres
usan una expresión que se ha difundido mucho en la espiritualidad cristiana:
"la sobria embriaguez del Espíritu", que es como decir una "moderada
inmoderación". Aquel día los apóstoles ante la gente de Jerusalén daban la
impresión de estar borrachos. ¡Y lo estaban!, exclama san Cirilo de Jerusalén.
Sólo que se trataba de una embriaguez especial: no de vino, sino del Espíritu
Santo. San Pablo mismo parece aludir a esta paradoja de la sobria embriaguez,
cuando escribe a los Efesios: "No os embriaguéis con vino...; llenaos más bien
del Espíritu" (Ef5, 18).
El día que el Papa Pablo VI recibió por primera vez a los representantes de la
Renovación carismática católica, en el 1975, en el himno de laúdes del
breviario, había una frase de san Ambrosio:"laeti bibamus sobriam
profusionem Spiritus", es decir, "Bebamos con alegría de la abundancia sobria
del Espíritu". Recordándolo, el Papa dijo a los presentes que estas palabras
podían ser el programa de la Renovación carismática: hacer revivir en la
Iglesia aquella época de entusiasmo y de fervor espiritual que hizo tan
vibrante y fuerte la fe de los primeros cristianos.
El bautismo en el Espíritu se ha revelado, en realidad un medio simple pero
eficaz para realizar este programa. Son infinitos los testimonios de las
personas que han hecho la experiencia. Es una gracia que cambia la vida. En
el congreso internacional de Pneumatología, celebrado en el Vaticano con
ocasión del XVI centenario del concilio ecuménico de Constantinopla, en
1981, hablando de la Renovación carismática y del bautismo en el Espíritu, el
teólogo Y. Congar dijo: "Una cosa es cierta: es una realidad que cambia la
vida de las personas".
¿Cuál es el efecto principal de la embriaguez material, de vino, de droga y
otras cosas similares? La persona embriagada sale fuera de sí, sobrepasa sus
límites y horizontes ordinarios. También la embriaguez espiritual provoca lo
mismo: hace salir de sí. Pero no para vivir y actuar a un nivel por debajo de la
razón, sino para entrar en el horizonte mismo de Dios...
Nuestra actividad puede ser de dos tipos: acciones hechas por nosotros
mismos, teniendo en cuenta el Evangelio, la moral, el buen sentido, la
experiencia; o acciones hechas "en el Espíritu", es decir no solamente
humanas, sino divinas, con el sello de la potencia del Espíritu. Es de esta
distinción de la que habla san Pablo cuando escribe: "y mi palabra y mi
predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino
que fueron una demostración del Espíritu y del poder" (1 Cor 2, 4). El mundo
ha vuelto a ser de tal manera impermeable al mensaje, tan orgulloso y seguro
de sus descubrimientos, que no se le puede vencer ni convencer con el primer
tipo de acciones, sino sólo con el segundo. Ésta es la razón por la cual
tenemos necesidad "de la potencia de lo alto", de la sobria embriaguez del
Espíritu...
Es necesario recorrer el camino de la santidad en dos direcciones. Es cierto
que es necesario practicar la mortificación, la ascesis, es decir la sobriedad,
para llegar a la experiencia de Dios, es decir a la embriaguez, pero también es
cierto que es necesario haber experimentado la potencia de Dios para abrazar
el camino de la renuncia. "Si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo,
viviréis" (Rm 8, 13). Esta segunda es la vía que Jesús hizo seguir a los
apóstoles. Antes de Pentecostés ellos no fueron capaces de poner en práctica
casi nada de lo que habían escuchado de Jesús mismo. Después en cambio...
No recibieron el Espíritu en Pentecostés porque se habían purificado, sino que
se purificaron porque habían recibido el Espíritu.
A esta fundamental necesidad responde el bautismo en el Espíritu. El concilio
ha recordado la llamada universal a la santidad de todos los cristianos y el
bautismo en el Espíritu impulsa a la santidad, no a uno o dos cristianos, sino a
una muchedumbre de hombres y de mujeres. El bautismo en el Espíritu no es
por lo tanto el fin o el "non plus ultra" de la santidad; al contrario, entra en el
ámbito de lo que los doctores han llamado "las gracias iniciales". Ayuda a ser
"fervorosos en el Espíritu" (Rm 12, 11), es decir a entrar en aquel estado en el
cual se cumplen las acciones el servicio de Dios "con solicitud, constancia y
con alegría" (así san Basilio define el fervor espiritual).
¿Pero el bautismo en el Espíritu es posiblemente el único medio para obtener
este fervor y esta sobria embriaguez del Espíritu? ¿No bastan los medios
ordinarios de la gracia: los sacramentos, la palabra de Dios? Ciertamente, sólo
que debemos estar atentos a no caer en el mismo error en el cual cayeron los
escribas y los fariseos. Ellos decían a Jesús: Hay seis días en la semana para
trabajar, ¿por qué sanas en sábado? Sería extraño que, sin darnos cuenta,
viniéramos también nosotros a decirle a Jesús: Hay siete sacramentos con los
cuales obrar y santificar a la gente: ¿Por qué actuar de este modo
desconocido? La Iglesia ha superado esta mentalidad cuando en la Lumen
Gentium 12 ha incluido la conocida declaración: "El Espíritu Santo no sólo
santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos, sino que
también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición,
distribuyendo a cada uno, según quiere, sus dones". De esta manera se ha
afirmado que existen dos direcciones desde las cuales sopla el Espíritu: desde
lo alto a través de las vías institucionales y jerárquicas y, desde debajo, por así
decirlo, de todo el cuerpo, con los dones que suscita libremente cuando y
donde quiere.
Pero no quisiera ser yo mismo quien limitase la libertad del Espíritu,
exactamente cuando trato de defenderla. Si por "bautismo en el Espíritu"
entendemos un cierto rito, hecho de una cierta forma, en un cierto contexto y
con ciertas connotaciones, no; ni siquiera ése es el único medio para tener la
experiencia de Pentecostés hoy. Ha habido y hay cristianos que han tenido la
experiencia de Dios, de la visita fuerte del Espíritu, sin saber qué es el
bautismo en el Espíritu.
Sin embargo el bautismo en el Espíritu se ha revelado como un medio potente
para reavivar la vida espiritual de millones de personas, una auténtica
"corriente de gracia", como amaba definirla el cardenal Suenens. Tendremos
por lo tanto que pensar bien antes de llegar a la conclusión de que esto no es
para nosotros, o que podemos dejarlo de lado. Yo estaba a punto de ser uno de
éstos y por ello quisiera contar brevemente mi experiencia. También porque
todas las objeciones que por lo general detienen a los sacerdotes a abrirse a
esta realidad, creo que yo me las he planteado antes. Creo que mi pobre
experiencia podría ayudar a alguno, si no a otra cosa, por lo menos a no
cometer los mismos errores.
Yo soy un sacerdote capuchino. Hasta hace algunos años, era profesor
ordinario de Historia de los orígenes cristianos y Director del Departamento
de ciencias religiosas en la Universidad Católica del Sagrado Corazón de
Milán. Se trataba de un servicio bueno para la Iglesia y la investigación; así al
menos me aseguraban mis superiores. Yo no obstante no me sentía satisfecho
y sentía vagamente la necesidad de un cambio radical. Jesús quería contar más
en mi vida; no le bastaba "aquel conocimiento impersonal", del cual ya les he
hablado alguna vez. Pero sentía, al mismo tiempo, que no tendría jamás la
fuerza para realizar un cambio tal.
En 1974 comencé a oír hablar de la Renovación carismática y a la persona que
me habló le dije que no fuera más a aquel lugar. Después me acerqué un poco
más a esta realidad, especialmente porque las personas, en vez de ofenderse de
mis críticas, parecían amarme ahora aún más y me invitaban a impartirles
enseñanzas. Algunas cosas que veía me fascinaban porque, en base a mi
especialización, reconocía sin dificultad que eran idénticas a aquellas que
sucedían en las primeras comunidades cristianas. Otras cosas (hablar en
lenguas, profetizar) me molestaban y las rechazaba.
Finalmente, en 1977, una persona de Milán ofreció algunos billetes para ir a
los Estados Unidos a participar en una gran reunión carismática ecuménica en
Kansas City. Y yo que por aquel tiempo debía ir a los Estados Unidos acepté
uno. Aquello que veía en Kansas City era claramente una profecía para la
Iglesia. Cuarenta mil cristianos -la mitad católicos y la otra mitad de otras
confesiones- reunidos a la tarde en el estadio a orar juntos y a escuchar la
palabra de Dios. Una tarde hubo una profecía, decía: "¡Llorad, haced lamento,
porque el cuerpo de mi Hijo está destrozado! Vosotros laicos, vosotros
sacerdotes, vosotros obispos: ¡llorad y haced lamento porque el cuerpo de mi
Hijo está destrozado!" Uno después del otro, todos en el estadio cayeron de
rodillas sollozando y esto sucedía mientras un mensaje luminoso se
proyectaba contra el cielo oscuro de una parte a la otra del estadio: "JESUS IS
LORD!: JESÚS ES EL SEÑOR!" Parecía una profecía de la Iglesia del futuro,
la Iglesia que todos esperamos, en donde los creyentes estén reunidos en el
arrepentimiento, bajo el soberano señorío de Cristo.
¿ Y, me pueden creer? , todo esto no bastó. Yo continuaba observando todo
esto como desde el exterior, diciendo dentro de mí: esto sí, esto no. Una
palabra de Jesús aún continuaba resonando en mi corazón y no podía
quitármela de la mente: "¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis;
dichosos los oídos que escuchan lo que vosotros escucháis!" Una vez se
cantaba el canto que narra la historia de Jericó que cae, con el estribillo que
repetía: Jerico must fall, Jericó debe caer. Los compañeros que habían venido
conmigo desde Italia, entonces, me daban codazos, diciéndome: ¡Escucha
bien, porque tú eres Jericó!
De Kansas City nos dirigimos a una comunidad carismática de New Jersey en
donde se tenía una semana de retiro sobre la Trinidad. Buscaba separarme del
grupo para ir a mi convento de capuchinos. Pero un sacerdote lleno de caridad
me repetía: quédate aún esta semana con nosotros. Recuerdo que al final me
dije a mí mismo: "Pero ésta no es una casa de perdición, es una casa de
retiros: si permanezco, ciertamente que no me puede hacer mal. ¡Pues bien,
me quedo!" Era esto lo que el Señor quería (Es conmovedor ver cómo se
contenta con poco).
y aquí se situaron aquellas objeciones de las cuales hablaba antes, que tuve
que superar una por una. Me decía a mí mismo: pero si yo soy hijo de san
Francisco, poseo una magnífica espiritualidad, tantos santos... ¿Qué es lo que
busco entre estos hermanos, qué me pueden dar de nuevo? Mientras me hacía
estos razonamientos, en el fondo de la sala (era un encuentro de oración) una
hermana abrió la Biblia y comenzó a leer. ¿Y qué fue lo que leyó? Era el
pasaje donde Juan el Bautista dice a los fariseos: "¡No digáis en vuestros
corazones: Somos hijos de Abraham, somos hijos de Abraham!" Entendí que
estaba dirigido a mí y cambié mi oración al Señor, ahora decía: Señor no digo
más que soy hijo de san Francisco, sino que te pido a ti que me hagas con tu
Espíritu realmente hijo de san Francisco, porque hasta ahora no lo he sido.
Pero no todo terminaba allí ( os he dicho que me he defendido con todas las
fuerzas). Pero si yo -me decía a mí mismo- soy un sacerdote ordenado por el
obispo, he recibido el Espíritu Santo. ¿Por qué debo arrodillarme ante los
hermanos, incluso laicos, y aceptar que oren por mí? Esta vez la respuesta me
vino directamente con una simple reflexión teológica. Me pareció oír la voz
misma de Jesús que me decía: " ¿ y yo entonces? ¿ Viniendo al mundo, no
había sido consagrado por el mismo Padre? ¿Acaso no poseía yo la plenitud
del Espíritu desde mi encarnación? y no obstante acepté ser bautizado por
Juan Bautista -¡que también era un laico!- y el Padre me dio una nueva
plenitud de Espíritu para mi misión, por vosotros". Entonces dije como Job:
He hablado una vez, y no lo repetiré. Cierro la boca. Bautízame, Señor, con tu
Espíritu... Mientras me preparaba a recibir el bautismo en el Espíritu con una
buena confesión general, recordando toda mi vida me veía como un cochero
que, con las riendas en mano, había buscado dirigir la carreta como quería:
algunas veces lento, otras veloz, ahora a la derecha, luego a la izquierda. Pero
sin resultado. En ese momento fue como si Jesús se sentara junto a mí (no
piensen en nada extraordinario, visiones, o cosas similares; eran como simples
flashs, imágenes interiores corrientísimas) y me dijera: " ¿Quieres darme las
riendas de tu vida?"
Muchos de los que han tenido la experiencia del bautismo en el Espíritu
resaltan este hecho: lo que decide todo es un acto total de abandono a la
voluntad de Dios, un rendirse y entregarse a él sin reservas, dejarle las riendas
de nuestra vida. Uno de los que participaron en el primer retiro carismático en
1967, resume así el acontecimiento: "Nosotros nos entregamos completamente
a Jesús y Jesús nos entregó su Espíritu".
Durante la oración de los hermanos por la efusión del Espíritu, en el momento
en que me invitaban a elegir de nuevo a Jesús como Señor de mi vida,
recuerdo que alcé los ojos que fueron a posarse sobre el crucifijo que estaba
sobre el altar. Era como si esperara mi mirada para decirme: Atento, no te
engañes, Raniero, éste es el Jesús que eliges como tu Señor, no otro, no un
Jesús fácil o de color de rosa. Comprendí que la Renovación en el Espíritu es
una cosa distinta a un acontecimiento formado de emociones o de entusiasmos
superficiales; lleva directamente al corazón del Evangelio.
No se dio nada de espectacular. Sólo que una vez llegado al convento al cual
había sido destinado, me di cuenta de que algo estaba cambiando: mi oración.
De regreso a Italia, pueden imaginar la felicidad de los hermanos. Decían:
hemos enviado a América a Saulo y nos han devuelto a Pablo! Después de
poco tiempo, sucedió el hecho que cambió mi vida y que yo atribuyo a la
gracia del bautismo en el Espíritu. Un día, mientras estaba orando en mi
habitación, tuve otra de aquellas imágenes interiores, posiblemente sugerida
por el versículo bíblico que estaba reflexionando. Era como si Jesús pasara
delante de mí con la misma actitud que tenía cuando regresando del Jordán se
disponía a dar inicio a su predicación. Decía: Si quieres venir a ayudarme a
proclamar el reino de Dios, ¡deja todo y ven!
"Deja todo", quería decir la enseñanza en la universidad, todo aquello que has
hecho hasta ahora. Por un momento tuve miedo de no estar preparado, porque
aquel Jesús parecía que estaba decidido y tenía prisa; invitaba pero no se
detenía.
Pero me di cuenta de que en mi corazón existía ya un sí pacífico, seguro,
puesto allí, estoy convencido, por la gracia de Dios. Me levanté siendo un
hombre diverso del que había comenzado a orar. Me dirigí a mi superior
general a comunicarle mi inspiración y fue allí donde descubrí qué gran don
es para nosotros los católicos y para nosotros los religiosos y sacerdotes el
tener una autoridad, el tener a tales representantes de Dios sobre la tierra. Sólo
así pude estar seguro de que era realmente la voluntad de Dios, y no una
presunta inspiración mía. Mi superior me dijo que esperase un año, después
del cual estuvo de acuerdo en que se trataba realmente de una llamada de Dios
y me dio su bendición para comenzar a ser predicador itinerante del
Evangelio, al estilo de san Francisco de Asís.
No habían pasado tres meses, cuando me llegó de Roma la noticia de que el
Papa me había nombrado Predicador de la Casa Pontificia, cargo que cubro
desde hace 12 años. A decir verdad, es él, el Santo Padre, quien me predica a
mí, con su humildad, encontrando el tiempo cada viernes por la mañana, en
Adviento y en Cuaresma, para venir a escuchar la palabra de un simple
sacerdote de la Iglesia.
Así es como yo he querido, al igual que san Pablo, "dar testimonio de la gracia
de Dios", porque es cierto que todo es pura gracia de Dios. Lo he hecho para
que así mi "gracias" suba a Dios, multiplicado por el gracias de todos
vosotros. Hemos llegado así al final de nuestro retiro. Deseo compartir con
vosotros, un recuerdo personal, una última palabra de Dios. El día que mi
superior general me dio el permiso para abandonar la enseñanza universitaria
para dedicarme totalmente a la predicación del reino, había, en el oficio de
lectura un pasaje del profeta Ageo: Dios dijo al sumo sacerdote y a todo el
pueblo una vez que éstos habían comenzado a reconstruir el templo: "¡Mas
ahora, ten ánimo, Zorobabel, oráculo de Yahvé; ánimo, Josué, hijo de
Yehosadaq, sumo sacerdote, ánimo, pueblo todo de la tierra!, oráculo de
Yahvé. ¡A la obra, que estoy yo con vosotros... y en medio de vosotros se
mantiene mi Espíritu!" (Ag 2, 4-5). Era un lluvioso día de otoño y la plaza de
San Pedro, en donde me había retirado a orar al Apóstol, estaba desierta. Sentí
de improviso el impulso de alzar la vista hacia la ventana del Santo Padre y
me puse a decir fuerte (no había nadie en los alrededores): "Ánimo, Juan
Pablo II, sumo sacerdote, ánimo pueblo todo de la tierra, y a trabajar porque
yo estoy con vosotros, dice el Señor!"
Pero no todo terminó allí. Tres meses después, como he dicho, fui nombrado
Predicador de la Casa Pontificia y cuando me encontré por primera vez en la
presencia del Papa no pude por menos que recordar aquel acontecimiento. Lo
compartí con todos y repetí de nuevo aquellas palabras. Desde aquel día he
repetido muy a menudo las palabras del profeta, en mis giras por el mundo.
"¡Animo pueblo todo de esta tierra, y al trabajo, porque yo estoy con vosotros,
dice el Señor. Mi Espíritu está con vosotros!" .
(Publicado en: UNGIDOS POR EL ESPIRITU (Edicep,1993).)
Nuevo Pentecostés, n. 44-45
Enviar testimonios a: joseant.gm@gmail.com
3. UN TESTIMONIO PERSONAL
2. LA SOBRIA EMBRIAGUEZ DEL ESPÍRITU
1. EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU
"ESE ES EL QUE BAUTIZA CON ESPÍRITU SANTO" (Jn 1, 33)
Confió en Él
Sanación del Padre Emiliano Tardif
"En 1973, yo era provincial de mi Congregación, Misioneros del Sagrado Corazón, en la República Dominicana.
Había trabajado mucho, abusando de mi salud en los diez y seis años que tenía como misionero en el país. Pasé mucho tiempo en actividades materiales, construyendo Iglesias, edificando seminarios, centros de promoción humana, de catequesis, etc. Siempre estaba buscando dinero para edificar casas y para dar alimento a nuestros seminaristas.
El Señor me permitió vivir todo ese activismo y, por el exceso de trabajo, caí enfermo. El 14 de junio de ese año en una asamblea del Movimiento Familiar Cristiano me sentí mal, muy mal. Tuvieron que llevarme inmediatamente al Centro Médico Nacional. Estaba tan grave que pensaba que no podría pasar la noche. Creí realmente que me iba a morir pronto. Muchas veces había meditado sobre la muerte. Había predicado sobre ella, pero nunca había hecho el ensayo de morirme, y esto no me gustó.
Los médicos me hicieron análisis muy detenidos, detectándome tuberculosis pulmonar aguda. Al ver que estaba tan enfermo pensé volver a Quebec, Canadá, donde nací y donde vive mi familia. Pero estaba tan delicado de salud que no podía hacerlo entonces. Tuve que esperar quince días bajo tratamiento, con reconstituyentes, para realizar el viaje.
En Canadá me internaron en un Centro Médico especializado donde los médicos me volvieron a examinar, pues querían estar bien seguros de cuál era mi enfermedad.
El mes de julio se lo pasaron haciendo análisis, biopsias, radiografías, etc. Después de todos estos estudios j confirmaron de manera científica | que la tuberculosis pulmonar aguda j había lesionado gravemente los dos pulmones. Para animarme un poco, me dijeron que tal vez después de un año de tratamiento y reposo, j podría volver a mi casa.
Un día recibí dos visitas muy peculiares. Primero llegó el sacerdote director de RND -Revista "Notre Dame", quien me pidió permiso para tomarme una fotografía para un artículo sobre "cómo vivir con su enfermedad". Aún él no se despedía cuando entraron cinco seglares de un grupo de oración de la Renovación Carismática. En República Dominicana me había burlado mucho de la Renovación Carismática, afirmando que América Latina no necesitaba don de lenguas sino promoción humana, y ahora ellos venían a orar desinteresadamente por mí.
Acto seguido se acercaron todos a la mecedora donde yo estaba sentado y me impusieron las manos. Yo nunca había visto algo semejante y no me gustó. Me sentí ridículo debajo de sus manos y me daba pena por la gente que pasaba afuera y se asomaba por la puerta que se había quedado abierta. Entonces interrumpí la oración y les propuse: "Si quieren, vamos a cerrar la puerta". "Sí, padre, cómo no", respondieron.
Cerraron la puerta, pero ya Jesús había entrado. Durante la oración yo sentí un fuerte calor en mis pulmones. Pensé que era otro ataque de tuberculosis y que me iba a morir. Pero era el calor del amor de Jesús que me estaba tocando y sanando mis pulmones enfermos. Durante la oración hubo una profecía. El Señor me decía: "Yo haré de ti un testigo de mi amor". Jesús vivo estaba dando vida, no sólo a mis pulmones sino a mi sacerdocio y a todo mi ser.
A los tres o cuatro días me sentía perfectamente bien. Tenía apetito, dormía bien y no había dolor alguno. Los médicos estaban preparados para comenzar inmediatamente el tratamiento. Sin embargo, ningún medicamento les respondía de acuerdo a mi supuesta enfermedad. Entonces mandaron traer unas inyecciones especiales para gente cuyo organismo no es normal, pero tampoco hubo reacción alguna.
Yo me sentía bien y quería regresar a casa, pero ellos me obligaron a pasar el mes de agosto en el hospital buscando por todos lados la tuberculosis que se les había escapado y no podían encontrar.
Al final del mes, después de muchos experimentos, el médico responsable me dijo: "Padre, vuelva a su casa. Usted está perfectamente, pero esto va en contra de todas nuestras teorías médicas. No sabemos lo que ha pasado". Luego encogiendo los hombros, añadió: "Padre, usted es un caso único en este hospital".
"En mi Congregación también", le respondí riendo.
Salí del hospital sin recetas, ni medicinas ni inyecciones. Me fui a casa pesando sólo 110 libras (50 kilos). El hospital que me iba a curar de tuberculosis me estaba matando de hambre.
La nueva época
"Una cosa -solía decir el Padre Emiliano- es uno responder que cree que Jesús sana, pero otra cosa es decir que cree que lo puede sanar a uno".
El Padre Emiliano dijo que sí, y re¬cibió la oración por compromiso para no escandalizar a los seglares, ya que, pensó, él era un sacerdote católico; pero en el fondo, no creía que podía sucederle una cosa semejante.
Ese día comenzó una nueva época de la relación del Padre Emiliano con Jesús de Nazaret. Hasta ese día, la referencia que él tenía era la del Cristo que había conocido a través de sus estudios en Quebec. Un conocimiento racional, que había recibido como información, aceptado mediante
la fe, pero que lo hacía tener una experiencia de un Cristo del que pensaba estaba lejano en el tiempo y en la distancia.
A través de aquella oración sencilla, pero llena de fe y de confianza de los seglares, empezó la nueva época que le transformó la vida.
Fue a partir de la experiencia de su sanación que él tuvo ese encuentro con Jesús vivo, cercano, presente, actuando en su vida. Se hacían una realidad las palabras que el Señor había dicho un día:
"Yo estaré con ustedes hasta el fin de los siglos" (Mateo 28, 20). La sanación de su tuberculosis
lo convenció de que Dios estaba actuando en su vida, que era un Dios compasivo y misericordioso,
un Dios que no es sordo a las súplicas de sus hijos, sino que es un Padre que los escucha; y no sólo eso, sino que les responde desde Su Infinito Amor.
Comentario de Mons. Francisco Arnaiz
"Al volver de Canadá en 1974, el Padre Tardif era otro. Tenía un halo luminoso de transfiguración. La luz divina le tornasolaba ostensiblemente en su rostro y ademanes en una imperturbable paz y serenidad gozosa y contagiante. Hablaba con seguridad y aplomo no vagamente de "Dios", concepto y palabra difuminada y abstracta, sino de Dios-Padre, lleno de comprensión, bondad y misericordia que hace al hijo bueno y fiel partícipe de su herencia y que al pródigo, que ha despilfarrado disolutamente su fortuna lo llama y espera con los brazos abierto para estrecharlo contra su corazón y devolverle plenamente la dignidad perdida.
Adaptado del libro: "Un Hombre de Dios", de María Sangiovani. Tomado de la revista Alabanza No.169, Año 2007.
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